sábado, 17 de enero de 2026

Desprecio

 Un escritor nunca olvida la primera vez que acepta unas monedas —o incluso un elogio tibio, casi por lástima— a cambio de una historia. Ese instante queda grabado con ácido en algún lugar del pecho donde la vergüenza y el alivio se abrazan con demasiada fuerza. Nunca olvida la primera vez que siente circular por las venas ese dulce veneno de la vanidad, tibio y viscoso, que le hace creer, durante unos segundos gloriosos y estúpidos, que tal vez pueda engañar al mundo un poco más, que tal vez su disfraz de escritor sea lo bastante convincente como para que nadie descubra la impostura que lleva dentro desde siempre.

Porque él lo sabe. Lo sabe incluso cuando las palabras le salen bien, incluso cuando alguien subraya una frase o le dice «esto me conmovió». Lo sabe con la certeza sorda y antigua con la que se sabe que uno va a morir: que el talento es una deuda que nunca termina de pagar, que cada línea lograda es un robo, un préstamo usurero que algún día habrá que devolver con intereses de silencio y desprecio propio.

Y aun así escribe. Escribe aunque le cueste sangre tibia cada mañana sentarse frente a la página en blanco que lo mira con la indiferencia de un espejo cruel. Escribe aunque tenga que arrancarse la piel a tiras para encontrar algo que no suene a mentira, algo que no sea solo un bonito eco de otros que escribieron mejor, más hondo, con menos miedo. Escribe aunque cada palabra nueva le recuerde las miles que ya mató por cobardía, por pereza, por cansancio de pelear contra esa voz interior que le susurra sin parar: «No es suficiente. Nunca va a ser suficiente».

Está condenado a recordar aquel primer pago miserable —unas pocas monedas, un like, un «qué bien escribes» lanzado al aire— porque ese fue el momento exacto en que su alma adquirió precio. Antes era pobre, sí, pero libre en su miseria. Después de ese día ya no. Después de ese día cada texto que entrega es también una parte de sí mismo que pone en venta, un trozo de hígado, un pedazo de noche sin dormir, una astilla más del niño que alguna vez creyó que bastaba con sentir mucho para merecer ser leído.

Y sin embargo escribe. Escribe como quien cava su propia tumba con las uñas, sabiendo que tal vez nunca llegue a ver el cielo desde el fondo, pero incapaz de parar. Porque parar sería admitir la derrota total, y la derrota total aún le parece más insoportable que esta agonía lenta y hermosa.

Sueña todavía —a pesar de todo, a pesar de sí mismo— con un techo que no gotee, con un plato caliente que no sepa a culpa, con la delicadeza imposible de ver su nombre impreso en un lomo de papel barato que, con algo de suerte, sobrevivirá unos años más que sus huesos. Y en ese sueño hay una ternura desgarradora, la ternura de quien sabe que está pidiendo demasiado y aun así no puede evitar pedirlo.

Porque escribir, al final, no es una profesión ni una vocación. Es una enfermedad autoinmune del alma: el cuerpo ataca lo que más ama y, mientras lo destroza, siente una extraña, perversa plenitud.

Y el escritor, perdido ya desde hace mucho, sigue adelante. Con las manos temblorosas, con el pecho lleno de esquirlas, con esa mezcla intolerable de asco y adoración hacia lo único que sabe hacer, aunque lo haga mal, aunque duela, aunque nunca alcance.

Sigue escribiendo. Porque parar sería morir dos veces. Y una ya le parece bastante.

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