miércoles, 21 de enero de 2026

Memorias de un hombre prescindible

 Durante años me conté la mentira con disciplina religiosa. Me repetía que no era un descreído, que solo era paciente; que no estaba vacío, sino reservado para un milagro tardío. Me imaginé llegando intacto —ridícula palabra— al altar de una vida que nunca me llamó por mi nombre, creyendo que el amor verdadero, ese animal mitológico, aparecería un día para tomarme de la mano y explicarme, con voz suave y definitiva, para qué había servido todo este ayuno del alma. Me vi puro, me vi digno, me vi esperando. Qué patético espectáculo: yo, vestido de esperanza, aguardando una revelación que jamás tuvo mi dirección.

La verdad es que el tiempo pasó sin pedir permiso y yo me quedé aquí, contando arrugas como quien enumera derrotas, despertando cada mañana con la certeza de que nadie me esperaba en ninguna parte. No hubo coros de cupidos afinando liras para mí, ni rosas blancas conduciendo a ningún altar, ni una santa mujer de ojos piadosos dispuesta a salvarme del desastre que soy. Hubo, en cambio, silencio. Un silencio espeso, obstinado, que se fue acomodando en mi pecho como una deuda impaga.

Aprendí tarde —demasiado tarde— que el amor no es un premio a la buena conducta ni una condecoración por haber resistido. Aprendí que se puede vivir décadas sin que nadie te mire como si fueras necesario, y que el cuerpo, ese traidor puntual, envejece sin haber sido celebrado. Entonces entendí que no era castidad lo mío, sino fracaso; no espera, sino exclusión. Y que toda esa épica de la pureza no era más que una coartada elegante para justificar mi miedo y mi incapacidad de entregarme a nada que no pudiera perder.

Ahora, cuando el espejo ya no miente y la juventud se me fue sin despedirse, lo único que me queda es una rabia mezquina, una venganza pequeña pero honesta: arrancarle a la vida, a escondidas, algún resto de placer, algún temblor de carne que todavía arda aunque sea por costumbre. No por amor —esa palabra ya no me pertenece— sino por desafío. Porque en este mundo cochino donde todo se pudre, donde la belleza se descompone y la memoria se vuelve un campo minado, el cuerpo es lo último que concede una ilusión de cielo, breve y sucia, pero real.

Y aquí estoy: sin fe, sin promesas, sin redención. No entraré al cielo de la mano de nadie ni bajo la mirada indulgente de ningún dios niño. Llegaré solo, si llego, con las manos manchadas de intentos tardíos y el corazón lleno de ruinas. Pero al menos sabré —con una lucidez amarga— que no fue la virtud lo que me salvó, sino la conciencia brutal de haber sido, hasta el final, un hombre al que el amor nunca eligió.

No hay comentarios:

Publicar un comentario