Hace 20 años, la primera vez que pisé el asfalto hacia Copacabana, era apenas un chico de colegio. Iba movido por la curiosidad, siguiendo los pasos de mi papá y mi hermano mayor, sin saber que en esa ruta dejaría pedazos de mi vida y encontraría mi fortaleza.
Hoy cumplo dos décadas de peregrino.
He aprendido que el camino no siempre es amable. Recuerdo esas noches de soledad profunda, donde el cuerpo ya no respondía, el mundo se volvía una mancha de colores por el agotamiento y las lágrimas se mezclaban con el sudor. Pero justo ahí, en el silencio de la pampa, al rezar, sentí que nunca estuve solo. Alguien caminaba a mi lado, sosteniéndome cuando mis piernas querían rendirse.
Cada año el cansancio es más pesado, el cuerpo reclama más, pero mi voluntad es más inquebrantable que la anterior. Porque nadie que haya llegado a los pies de la Mamita de Copacabana puede decir que Ella no cumple. Ella escucha, Ella abraza, Ella transforma.
Este año, mi orgullo más grande tiene nombres propios: Alan y Madeleine. Ver a mis hermanitos caminar a mi lado, ver cómo han reconocido en la Virgen a una madre tanto como yo, es el privilegio más grande que la vida me ha dado. Ellos son mis motores; ver su fe me da las fuerzas que a veces mis músculos ya no tienen.
Madre mía: Estos 20 años son para ti. Cada paso, cada ampolla, cada suspiro y cada esfuerzo son tu propiedad. No vengo a pedir, vengo a entregarte mi sacrificio y a agradecerte por todo lo que recibo año tras año.
¡Nos vemos en el Calvario! Por 20 años más de fe, de familia y de camino.
No hay comentarios:
Publicar un comentario