martes, 25 de agosto de 2026

EL OFICIO DE ESTAR SOLO


Hay temporadas de la vida en las que uno no se queda solo de golpe. La soledad llega lentamente, casi sin anunciarse, como el invierno: ocupando los rincones, apagando las conversaciones y dejando, cada día, una silla vacía más.


Creo que estoy atravesando una de esas temporadas.


Siento que esta es, quizá, la época de mi vida en la que más soledad he abrazado. No porque no existan personas a mi alrededor, sino porque aquel pequeño universo de nombres, voces, amistades y afectos que alguna vez creí que permanecerían conmigo se ha ido reduciendo hasta quedar en apenas un puñado. Los cuento con los dedos de una mano.


Algunos se fueron con el tiempo. Otros quedaron al otro lado de la distancia. Hay amistades que simplemente pertenecieron a una época determinada y que, sin que nadie lo decidiera, dejaron de aparecer en las páginas siguientes de la historia.


Y hay otras que perdí por mi propia mano.


Eso quizá sea lo que más pesa.


Porque hay ausencias contra las que uno puede protestar y otras ante las que solo queda guardar silencio. Sé que he quebrado vínculos. Sé que algunas puertas las cerré yo. A veces por orgullo; otras, por cansancio; y algunas porque comprendí que continuar sosteniendo ciertas relaciones significaba sacrificar una tranquilidad que me había costado demasiado recuperar.


He aprendido que no toda compañía acompaña y que existen presencias capaces de hacernos sentir mucho más solos que la soledad misma.


Por eso decidí empezar a elegirme.


A cuidar mi tranquilidad como quien protege la última llama encendida en una casa durante una noche de invierno. Cuando algo me afecta profundamente, prefiero alejarme. Cuando una relación comienza a perturbar mi paz, ya no siento la obligación de conservarla a cualquier precio.


No siempre ha sido fácil. Hay despedidas que se pronuncian con los labios, pero permanecen durante mucho tiempo viviendo en alguna parte de la memoria.


Y, aun así, creo que hay una forma silenciosa de madurez en comprender que no todas las batallas merecen ser libradas y que algunas pérdidas, por dolorosas que sean, también pueden ser una forma de salvación.


Pero no voy a fingir que la soledad no duele.


Hay días en que mi vida me parece una casa demasiado grande para una sola persona. Una casa llena de habitaciones donde todavía sobreviven recuerdos de conversaciones, rostros, risas y nombres que alguna vez fueron cotidianos.


Lo más extraño de la soledad no es necesariamente no tener a nadie. A veces es tener algo hermoso que contar y no saber a quién llamar. Es atravesar un día difícil y descubrir que el teléfono permanece en silencio. Es regresar a casa y sentir que el mundo continúa moviéndose detrás de la puerta mientras, dentro de uno, todo permanece quieto.


También extraño la compañía.


Extraño esa sensación sencilla de saber que alguien piensa en uno sin necesidad de pedirlo. Extraño la espontaneidad de una conversación, la posibilidad de compartir una estupidez, una preocupación o simplemente el silencio con alguien que no necesita explicaciones.


Pero ya no quiero perseguir desesperadamente aquello que extraño.


Quizá porque he comprendido que hay cosas que pierden su belleza cuando intentamos arrancarlas de donde no quieren crecer.


Si alguna persona vuelve a mi vida, la recibiré.


Si alguien nuevo llega, intentaré conocerlo sin exigirle que cure las ausencias de quienes estuvieron antes.


Y si nadie llega, tendré que aprender a vivir con esa posibilidad sin convertirla en una sentencia.


No sé qué será de mí mañana. No sé qué personas conoceré, qué caminos se abrirán ni cuáles permanecerán cerrados para siempre. Tampoco sé si esta soledad es apenas una estación o si terminará convirtiéndose en una parte permanente de mi paisaje.


Por ahora, acepto que esto es lo que me corresponde.


No lo digo con resignación, sino con una especie de serenidad triste. Hay momentos en los que la vida no nos pregunta qué queremos; simplemente nos entrega lo que queda después de que ciertas cosas terminan.


Y esto es lo que queda.


Un pequeño círculo de personas.


Algunas ausencias.


Un puñado de recuerdos.


Y yo.


Quizá sea suficiente para comenzar de nuevo.


Quizá no.


Pero ya no quiero medir mi vida únicamente por la cantidad de personas que permanecen en ella. También quiero medirla por la capacidad que he tenido de seguir siendo yo después de tantas despedidas.


Porque al final, después de perder amistades, de equivocarme, de cerrar puertas y de aceptar distancias que no pude vencer, hay una certeza que empieza a parecerme más importante que cualquier compañía:


no puedo obligar a nadie a permanecer.


No puedo devolverle a la vida lo que decidió llevarse.


Pero sí puedo procurar que, en medio de todas esas ausencias, la persona que finalmente no abandone sea yo.


Y por ahora, aunque algunas noches eso parezca muy poco, voy a quedarme conmigo.


No porque haya dejado de necesitar a los demás.


Sino porque he aprendido que también existe una manera digna de atravesar la soledad: sin negarla, sin romantizarla y sin permitir que termine convirtiéndose en la medida de nuestro valor.

martes, 21 de julio de 2026

Perdí

Hay días en los que me miro al espejo y siento que la persona que me devuelve la mirada ya no soy yo. Es alguien que aprendió a caminar con un vacío en el pecho, alguien que descubrió demasiado tarde que hay palabras que duran apenas unos segundos al salir de la boca, pero cuyas consecuencias pueden condenarte para siempre.

Durante mucho tiempo pensé que el dolor tenía fecha de vencimiento. Me repetían que el tiempo acomodaba las cosas, que un día despertaría y ya no dolería recordar tu nombre. Les creí. Esperé semanas. Luego meses. Después dejé de contar. Lo único que cambió fue que aprendí a sonreír delante de la gente mientras por dentro seguía viviendo el mismo día en que te perdí.

He intentado de todo para no pensar en ti. Me refugié en el trabajo, en los libros, en las caminatas interminables, en las noches donde el sueño nunca llegaba. Incluso pensé que podía llenar los espacios que dejaste con otras personas, con otras conversaciones, con otros abrazos. Pero nadie ocupaba tu lugar. Todos eran apenas un ruido que intentaba tapar un silencio demasiado grande.

A veces me pregunto en qué momento dejé de ser el hombre del que te enamoraste. No fue una traición espectacular ni una mentira gigantesca. Fueron pequeñas decepciones repetidas una y otra vez. Orgullo. Silencios. Malas respuestas. Promesas incumplidas. Creí que siempre habría tiempo para arreglarlo. Qué ingenuo fui. Hay corazones que no se rompen de golpe; simplemente se cansan.

Recuerdo perfectamente el día en que, con el orgullo disfrazado de valentía, te dije que si querías irte, te fueras. Pensé que me elegirías una vez más. Pensé que volverías a dar media vuelta. Lo dije esperando que me contradijeras. Pero abriste la puerta… y esta vez no regresaste.

Ese instante se repite todas las noches en mi cabeza como una condena. Si pudiera volver atrás, cambiaría una sola frase y probablemente cambiaría toda mi vida.

Lo más difícil no es aceptar que ya no estás. Lo insoportable es aceptar que fui yo quien empujó nuestra historia hacia el abismo. Que las heridas que te hice nunca fueron visibles para los demás, pero sí suficientes para que un día dejaras de verme con amor. No te rompí el corazón de un solo golpe; lo fui desgastando hasta que entendiste que merecías una vida donde no tuvieras que sobrevivir a mis errores.

Y desde entonces vivo acompañado por esa culpa.

Hay noches en las que me convenzo de que si bebiera un poco más, si conociera a alguien más o si me obligara a empezar otra vida, todo sería diferente. Pero no funciona. El alcohol sólo consigue que te recuerde con más fuerza. Las personas nuevas sólo me enseñan todo lo que perdí. Y cada intento de seguir adelante termina llevándome de regreso al mismo lugar: tu ausencia.

Lo peor es que el mundo continúa. La gente se enamora, se casa, tiene hijos, hace planes. Yo también sonrío cuando hace falta, hago mi trabajo, converso, saludo, aparento estar bien. Nadie imagina que por dentro sigo viviendo entre los escombros de una historia que nunca aprendí a despedir.

Dicen que uno sólo pierde lo que nunca supo cuidar. Tal vez tengan razón.

Si alguna vez existió el amor de mi vida, estoy convencido de que ya pasó frente a mí. Lo tuve entre las manos y no entendí su valor hasta que el silencio ocupó su lugar.

Ahora sólo me queda aprender a vivir con esta versión de mí: la del hombre que cada mañana despierta sabiendo que hay errores que no tienen reparación, perdones que llegan demasiado tarde y despedidas que nunca terminan de ocurrir.

Porque hay personas que se van una sola vez… y, sin embargo, uno las pierde todos los días.


viernes, 10 de julio de 2026

La dirección del olvido

Hubo un tiempo en el que creía que el frío era una estación. Después entendí que también podía ser una ciudad.

La Paz me enseñó a caminar entre montañas y silencios. Nadie supo que yo libraba una guerra tan discreta que ni siquiera dejaba cadáveres; solo iba enterrando versiones de mí mismo. Amaba en secreto, con esa cobardía elegante de quien prefiere incendiarse por dentro antes que alumbrar a alguien con sus llamas. Nunca dije nada. Hay palabras que, cuando nacen demasiado tarde, aprenden a vivir como fantasmas.

Entonces escapé.

No sé si huí de una ciudad, de una persona o del hombre que era cuando todavía esperaba que algo sucediera. Solo recuerdo hacer la maleta con la extraña sensación de que uno puede cambiar de paisaje sin conseguir mudarse del alma.

Santa Cruz me recibió con un calor que jamás consiguió derretirme. Llevo cuatro años aquí y, sin embargo, sigo sintiendo que mi verdadera dirección es un lugar al que ya no puedo regresar. Hay días en que pienso que no vivo en esta ciudad; simplemente permanezco en ella, como un libro olvidado en una biblioteca donde nadie busca ese título.

He aprendido a parecer estable. Qué talento tan triste es ese. La gente llama madurez a la habilidad de esconder las ruinas bajo una alfombra.

Los libros terminaron haciendo el trabajo que las personas no pudieron. Me prestaron vidas para olvidar la mía, palabras para nombrar dolores que yo apenas intuía y finales felices que cerraba con la certeza de que pertenecían a otros. Cada página que leo es una conversación que no tuve; cada biblioteca, un refugio donde nadie pregunta por qué uno llegó tan tarde a su propia historia.

A veces pienso que me convertí en una ciudad abandonada. Las avenidas siguen ahí, pero hace años que no pasa nadie importante. Los semáforos continúan cambiando de color para un tráfico inexistente y las ventanas permanecen abiertas por costumbre, no por esperanza.

No estoy roto. Eso sería demasiado simple. Estoy detenido. Como un reloj que conserva intactas sus agujas, pero olvidó para qué sirve el tiempo.

Y quizá ese sea el verdadero castigo: descubrir que uno puede sobrevivir durante años sin llegar realmente a vivir. Levantarse, trabajar, sonreír cuando corresponde, leer un capítulo más, volver a dormir y repetir la ceremonia con una precisión casi religiosa. Convertirse en experto en existir mientras la vida ocurre unos centímetros más allá, siempre fuera del alcance de la mano.

A veces extraño el frío de La Paz, no porque haya sido feliz allí, sino porque al menos el clima tenía la honestidad de parecerse a lo que llevaba por dentro.

Desde entonces he aprendido que también existen exilios donde nadie te expulsa. Basta con marcharse de uno mismo. Y esos, justamente esos, son los viajes de los que nunca se regresa por completo.


martes, 23 de junio de 2026

Noche de San Juan



 La noche de San Juan era mi noche favorita del año.

No Navidad. No Año Nuevo. No mi cumpleaños.

San Juan.

La noche más fría del invierno era, para mí, la más cálida del mundo.

Todavía puedo cerrar los ojos y verla. La casa de mis abuelos iluminada por las llamas de una fogata improvisada en el patio. El humo subiendo lento hacia un cielo negro lleno de estrellas. Mis primos corriendo de un lado a otro con chispitas, petardos y cohetes. El olor de los hot dogs mezclándose con el olor de la leña ardiendo. Las risas. Los gritos. La vida.

Y sobre todo el fuego.

Siempre fue el fuego.

Me gustaba mirarlo durante horas. Ver cómo consumía la madera. Cómo crecía, cómo rugía, cómo parecía una criatura viva bailando en medio de la oscuridad. Había algo hipnótico en las llamas. Algo antiguo. Algo que me hacía sentir seguro.

Mientras el fuego ardiera, todo estaba bien.

Mis abuelos estaban allí.

Mis primos estaban allí.

Yo estaba allí.

Éramos una familia.

Nunca pensé que aquello terminaría.

Cuando uno es niño cree que ciertas cosas son eternas. Cree que los abuelos vivirán para siempre. Que la casa siempre estará esperándonos. Que los mismos rostros volverán a reunirse cada año alrededor de la misma fogata.

Pero los años tienen hambre.

Y se lo comen todo.

Primero se llevaron a mis abuelos.

Después vendieron la casa.

Luego los primos crecieron.

Se casaron.

Tuvieron hijos.

Construyeron sus propias vidas.

Y yo me quedé mirando cómo cada uno se alejaba llevando consigo un pedazo de aquella noche.

Como si alguien hubiera desmontado lentamente el escenario de mi infancia.

Tabla por tabla.

Ladrillo por ladrillo.

Recuerdo por recuerdo.

Ahora la noche de San Juan sigue llegando cada año.

Pero llega como llegan los fantasmas.

No para celebrar.

Sino para recordarme lo que ya no existe.

Esta noche, cuando salga del trabajo, caminaré por las calles frías de la ciudad. Tal vez vea alguna fogata lejana. Escucharé algunos fuegos artificiales explotando a la distancia. Quizás perciba ese olor a humo que durante tantos años significó felicidad.

Y entonces volveré a mi departamento.

Solo.

Abriré la puerta.

Entraré en silencio.

Me cambiaré de ropa.

Encenderé la computadora.

Buscaré algún videojuego para matar las horas.

Porque eso es lo que hago ahora.

Matar horas.

Matar días.

Matar semanas.

Mientras el tiempo hace conmigo lo mismo que hizo con todo lo demás.

No habrá hot dogs.

No habrá primos.

No habrá risas.

No habrá fuego.

Y lo peor es que ya ni siquiera me sorprende.

Durante mucho tiempo pensé que extrañaba las fogatas.

Después entendí que no.

Lo que extraño es a la persona que era cuando las veía.

Extraño al niño que corría por el patio creyendo que el mundo era inmenso y que la felicidad era algo simple.

Extraño a ese muchacho que todavía esperaba cosas del futuro.

Extraño a alguien que ya no existe.

Porque el verdadero incendio no fue el de aquellas noches.

Fue otro.

Más lento.

Más silencioso.

Un fuego que ardió durante años sin que me diera cuenta.

Consumió la casa.

Consumió la familia.

Consumió los planes.

Consumió las ilusiones.

Consumió partes enteras de mí.

Y cuando finalmente levanté la vista para observar las llamas, ya era demasiado tarde.

No quedaba casi nada.

Solo cenizas.

A veces pienso que mi vida se parece a esas fogatas que hacíamos en San Juan.

Al principio eran enormes.

Brillantes.

Llenas de calor.

Todos querían acercarse.

Todos reían alrededor de ellas.

Pero después la leña se fue acabando.

Las llamas comenzaron a disminuir.

La gente empezó a marcharse.

Y nadie notó el momento exacto en que el fuego dejó de ser fuego.

Porque las cosas importantes no terminan con un estruendo.

Terminan con un susurro.

Una brasa se apaga.

Luego otra.

Luego otra.

Hasta que solo queda oscuridad.

Y eso es lo que más duele.

No que el fuego se haya apagado.

Sino descubrir que llevo años sentado frente a las cenizas, fingiendo que todavía puedo sentir el calor.

miércoles, 11 de marzo de 2026

Esencia de un abogado

 Soy abogado, o al menos eso dice el título que guarda polvo en algún cajón de mi escritorio desde que salí de la Universidad Mayor de San Andrés. En teoría me dedico al derecho civil, comercial, familiar, laboral… palabras serias que suenan importantes cuando uno las dice en voz alta. En la práctica paso buena parte de mis días redactando memoriales que nadie leerá con verdadero interés, ordenando carpetas de préstamos hipotecarios y tratando de convencerme de que todo esto, de alguna manera, era lo que imaginaba cuando decidí estudiar leyes.

Trabajo rodeado de expedientes, firmas y sellos, mientras en algún rincón de mi cabeza siguen viviendo los libros que me hubiera gustado escribir o, al menos, las historias que me hubiera gustado contar. Porque la verdad es que me gusta más leer que muchas de las cosas que hago para ganarme la vida. Los libros tienen la delicadeza de no pedirte nada a cambio, salvo tiempo, y a veces ni siquiera eso: basta con abrir uno para sentir que el mundo, por un instante, es más grande que tus preocupaciones.

Llevo años en este oficio —el del derecho, el de fingir que todo está bajo control— y todavía no sé si he escrito una sola página, jurídica o personal, que me deje completamente satisfecho. Mis clientes creen que soy más seguro de lo que realmente soy. Mis colegas creen que tengo más claro mi camino de lo que en realidad lo tengo. Y la gente que me quiere probablemente sospecha, con bastante razón, que sigo buscando algo que ni yo mismo sé nombrar.

Dentro de poco cumpliré otro año más —treinta y tantos, ya perdí la cuenta exacta de cuándo empezaron a pasar tan rápido— y a veces me pregunto en qué momento el muchacho que soñaba con cambiar el mundo con ideas, libros o palabras terminó convirtiéndose en alguien que mide sus días en trámites, plazos procesales y llamadas pendientes.

No es una tragedia, supongo. Hay vidas mucho más difíciles que la mía. Tengo trabajo, tengo amigos, tengo una familia que insiste en quererme incluso cuando no soy particularmente fácil de querer. Pero de vez en cuando, en algún momento silencioso del día, me asalta la sospecha de que todavía no he escrito —ni en papel ni en la vida— la historia que realmente quería contar.

Hoy por hoy, si consigo ordenar un par de ideas decentes entre un expediente y otro, me doy por satisfecho. Esa es, al final, la clase de abogado y de hombre que soy: uno que todavía se permite el lujo un poco absurdo de pensar que, en alguna parte, entre los libros que lee y las palabras que escribe, sigue escondida la versión de sí mismo que alguna vez quiso llegar a ser. 📚

jueves, 5 de marzo de 2026

La razón

A veces la gente cree que el silencio es una estrategia.

Que la distancia es una forma elegante de castigo.

Que uno se aleja para provocar reflexión en los demás, como si el mundo fuera un aula y nosotros los maestros.


Pero no.


Yo no me fui para enseñarle nada a nadie.

Me fui porque el que finalmente entendió… fui yo.


Durante mucho tiempo confundí paciencia con amor, comprensión con lealtad, y tolerancia con fortaleza. Creí que insistir era una virtud, que quedarse incluso cuando todo dentro de uno pedía salir era una forma de nobleza. Me repetía que las cosas podían mejorar, que las personas cambian, que el tiempo acomoda lo que hoy duele.


Pero el tiempo no acomoda nada cuando uno insiste en permanecer donde ya no pertenece.


Un día —sin drama, sin gritos, sin grandes discursos— algo se quebró adentro mío. No fue rabia. No fue tristeza. Fue algo más frío y más definitivo: claridad.


Comprendí que no todo lo que se rompe merece ser reparado.

Que no toda relación merece otra oportunidad.

Y que no toda despedida necesita ser explicada.


Entonces me fui.


No para que alguien piense.

No para que alguien aprenda.

No para que alguien cambie.


Me fui porque yo ya había aprendido.


Aprendí que el respeto no se mendiga.

Que la paz no se negocia.

Y que quedarse donde uno es menos de lo que podría ser… es una forma lenta de desaparecer.


Así que no, mi distancia no es un mensaje.

No es una advertencia.

No es una estrategia.


Es una decisión.


La lección no era para ellos.


La lección… era para mí.


jueves, 26 de febrero de 2026

20 años

 Hace 20 años, la primera vez que pisé el asfalto hacia Copacabana, era apenas un chico de colegio. Iba movido por la curiosidad, siguiendo los pasos de mi papá y mi hermano mayor, sin saber que en esa ruta dejaría pedazos de mi vida y encontraría mi fortaleza.

Hoy cumplo dos décadas de peregrino.

He aprendido que el camino no siempre es amable. Recuerdo esas noches de soledad profunda, donde el cuerpo ya no respondía, el mundo se volvía una mancha de colores por el agotamiento y las lágrimas se mezclaban con el sudor. Pero justo ahí, en el silencio de la pampa, al rezar, sentí que nunca estuve solo. Alguien caminaba a mi lado, sosteniéndome cuando mis piernas querían rendirse.

Cada año el cansancio es más pesado, el cuerpo reclama más, pero mi voluntad es más inquebrantable que la anterior. Porque nadie que haya llegado a los pies de la Mamita de Copacabana puede decir que Ella no cumple. Ella escucha, Ella abraza, Ella transforma.

Este año, mi orgullo más grande tiene nombres propios: Alan y Madeleine. Ver a mis hermanitos caminar a mi lado, ver cómo han reconocido en la Virgen a una madre tanto como yo, es el privilegio más grande que la vida me ha dado. Ellos son mis motores; ver su fe me da las fuerzas que a veces mis músculos ya no tienen.

Madre mía: Estos 20 años son para ti. Cada paso, cada ampolla, cada suspiro y cada esfuerzo son tu propiedad. No vengo a pedir, vengo a entregarte mi sacrificio y a agradecerte por todo lo que recibo año tras año.

¡Nos vemos en el Calvario! Por 20 años más de fe, de familia y de camino. 

miércoles, 21 de enero de 2026

Memorias de un hombre prescindible

 Durante años me conté la mentira con disciplina religiosa. Me repetía que no era un descreído, que solo era paciente; que no estaba vacío, sino reservado para un milagro tardío. Me imaginé llegando intacto —ridícula palabra— al altar de una vida que nunca me llamó por mi nombre, creyendo que el amor verdadero, ese animal mitológico, aparecería un día para tomarme de la mano y explicarme, con voz suave y definitiva, para qué había servido todo este ayuno del alma. Me vi puro, me vi digno, me vi esperando. Qué patético espectáculo: yo, vestido de esperanza, aguardando una revelación que jamás tuvo mi dirección.

La verdad es que el tiempo pasó sin pedir permiso y yo me quedé aquí, contando arrugas como quien enumera derrotas, despertando cada mañana con la certeza de que nadie me esperaba en ninguna parte. No hubo coros de cupidos afinando liras para mí, ni rosas blancas conduciendo a ningún altar, ni una santa mujer de ojos piadosos dispuesta a salvarme del desastre que soy. Hubo, en cambio, silencio. Un silencio espeso, obstinado, que se fue acomodando en mi pecho como una deuda impaga.

Aprendí tarde —demasiado tarde— que el amor no es un premio a la buena conducta ni una condecoración por haber resistido. Aprendí que se puede vivir décadas sin que nadie te mire como si fueras necesario, y que el cuerpo, ese traidor puntual, envejece sin haber sido celebrado. Entonces entendí que no era castidad lo mío, sino fracaso; no espera, sino exclusión. Y que toda esa épica de la pureza no era más que una coartada elegante para justificar mi miedo y mi incapacidad de entregarme a nada que no pudiera perder.

Ahora, cuando el espejo ya no miente y la juventud se me fue sin despedirse, lo único que me queda es una rabia mezquina, una venganza pequeña pero honesta: arrancarle a la vida, a escondidas, algún resto de placer, algún temblor de carne que todavía arda aunque sea por costumbre. No por amor —esa palabra ya no me pertenece— sino por desafío. Porque en este mundo cochino donde todo se pudre, donde la belleza se descompone y la memoria se vuelve un campo minado, el cuerpo es lo último que concede una ilusión de cielo, breve y sucia, pero real.

Y aquí estoy: sin fe, sin promesas, sin redención. No entraré al cielo de la mano de nadie ni bajo la mirada indulgente de ningún dios niño. Llegaré solo, si llego, con las manos manchadas de intentos tardíos y el corazón lleno de ruinas. Pero al menos sabré —con una lucidez amarga— que no fue la virtud lo que me salvó, sino la conciencia brutal de haber sido, hasta el final, un hombre al que el amor nunca eligió.

sábado, 17 de enero de 2026

Desprecio

 Un escritor nunca olvida la primera vez que acepta unas monedas —o incluso un elogio tibio, casi por lástima— a cambio de una historia. Ese instante queda grabado con ácido en algún lugar del pecho donde la vergüenza y el alivio se abrazan con demasiada fuerza. Nunca olvida la primera vez que siente circular por las venas ese dulce veneno de la vanidad, tibio y viscoso, que le hace creer, durante unos segundos gloriosos y estúpidos, que tal vez pueda engañar al mundo un poco más, que tal vez su disfraz de escritor sea lo bastante convincente como para que nadie descubra la impostura que lleva dentro desde siempre.

Porque él lo sabe. Lo sabe incluso cuando las palabras le salen bien, incluso cuando alguien subraya una frase o le dice «esto me conmovió». Lo sabe con la certeza sorda y antigua con la que se sabe que uno va a morir: que el talento es una deuda que nunca termina de pagar, que cada línea lograda es un robo, un préstamo usurero que algún día habrá que devolver con intereses de silencio y desprecio propio.

Y aun así escribe. Escribe aunque le cueste sangre tibia cada mañana sentarse frente a la página en blanco que lo mira con la indiferencia de un espejo cruel. Escribe aunque tenga que arrancarse la piel a tiras para encontrar algo que no suene a mentira, algo que no sea solo un bonito eco de otros que escribieron mejor, más hondo, con menos miedo. Escribe aunque cada palabra nueva le recuerde las miles que ya mató por cobardía, por pereza, por cansancio de pelear contra esa voz interior que le susurra sin parar: «No es suficiente. Nunca va a ser suficiente».

Está condenado a recordar aquel primer pago miserable —unas pocas monedas, un like, un «qué bien escribes» lanzado al aire— porque ese fue el momento exacto en que su alma adquirió precio. Antes era pobre, sí, pero libre en su miseria. Después de ese día ya no. Después de ese día cada texto que entrega es también una parte de sí mismo que pone en venta, un trozo de hígado, un pedazo de noche sin dormir, una astilla más del niño que alguna vez creyó que bastaba con sentir mucho para merecer ser leído.

Y sin embargo escribe. Escribe como quien cava su propia tumba con las uñas, sabiendo que tal vez nunca llegue a ver el cielo desde el fondo, pero incapaz de parar. Porque parar sería admitir la derrota total, y la derrota total aún le parece más insoportable que esta agonía lenta y hermosa.

Sueña todavía —a pesar de todo, a pesar de sí mismo— con un techo que no gotee, con un plato caliente que no sepa a culpa, con la delicadeza imposible de ver su nombre impreso en un lomo de papel barato que, con algo de suerte, sobrevivirá unos años más que sus huesos. Y en ese sueño hay una ternura desgarradora, la ternura de quien sabe que está pidiendo demasiado y aun así no puede evitar pedirlo.

Porque escribir, al final, no es una profesión ni una vocación. Es una enfermedad autoinmune del alma: el cuerpo ataca lo que más ama y, mientras lo destroza, siente una extraña, perversa plenitud.

Y el escritor, perdido ya desde hace mucho, sigue adelante. Con las manos temblorosas, con el pecho lleno de esquirlas, con esa mezcla intolerable de asco y adoración hacia lo único que sabe hacer, aunque lo haga mal, aunque duela, aunque nunca alcance.

Sigue escribiendo. Porque parar sería morir dos veces. Y una ya le parece bastante.

domingo, 4 de enero de 2026

No me reconozco

Me miro en el espejo y no reconozco al hombre que me devuelve la mirada. Tengo los ojos hundidos, la barba descuidada de tantos días sin ganas de arreglarme. El pecho me pesa como si llevara una piedra dentro. ¿Cómo carajo llegamos a esto? Antes la conocía como la palma de mi mano: cada gesto, cada silencio, cada forma en que sonreía cuando algo le dolía de verdad. Ahora todo es un muro.

Cada vez que intento entender qué está bien y qué está mal, ella aparece y me nubla la cabeza. Sus palabras son precisas, afiladas, y de pronto soy yo el que no entiende nada, el que siempre se equivoca, el que carga con culpas que ni siquiera son mías. Peleo sus batallas perdidas una y otra vez, esas guerras que ella libra consigo misma y que nunca gana, y termino hecho mierda, sintiendo que nada de lo que soy me pertenece del todo. Ella siempre toma partido… pero casi nunca el mío.

A veces siento que la verdad está ahí, a punto de salir: escondida en sus ojos que ya no me miran igual, colgando de su lengua en frases que nunca termina. La rabia me quema por dentro, tan fuerte que creo que voy a reventar. Ella piensa que no veo qué clase de persona es realmente. Pero lo veo. Lo veo todo. Y duele tanto darme cuenta que preferiría no haber visto nunca.

Por dentro grito que la amo, que la amo tanto que me está rompiendo en pedazos. Grito que a pesar de este infierno todavía hay algo en mí que se aferra a ella como si fuera lo único que me mantiene vivo. Pero ella no puede —o no quiere— leer lo que llevo dentro. Tal vez ya ni le importe.

Miro lo que hemos hecho de nosotros y solo veo escombros. Nos hemos convertido en dos idiotas que se lastiman sin parar, que se exponen al ridículo delante de todos solo porque no sabemos cómo parar. Cada pelea, cada noche en silencio, cada reconciliación que no es más que una tregua falsa… todo nos hace parecer más patéticos.

Y aun así, hay algo que vi en ella una vez. Un brillo, una luz que me hizo creer que valía la pena arriesgarlo todo. Quiero con toda mi alma que eso sea real, que no sea solo otra mentira que me conté para justificar seguir aquí. Pero en el fondo sé que aferrarme a esa esperanza me puede matar despacio.

Esta vez no. Esta vez no voy a dejar que se lleve mi orgullo. Aunque me duela como si me arrancaran el alma, aunque me tiemblen las manos y se me quiebre la voz… esta vez voy a descubrir la verdad yo solo. Porque si sigo así, no va a quedar nada de mí.

Y eso me da más miedo que perderla a ella.