Hay temporadas de la vida en las que uno no se queda solo de golpe. La soledad llega lentamente, casi sin anunciarse, como el invierno: ocupando los rincones, apagando las conversaciones y dejando, cada día, una silla vacía más.
Creo que estoy atravesando una de esas temporadas.
Siento que esta es, quizá, la época de mi vida en la que más soledad he abrazado. No porque no existan personas a mi alrededor, sino porque aquel pequeño universo de nombres, voces, amistades y afectos que alguna vez creí que permanecerían conmigo se ha ido reduciendo hasta quedar en apenas un puñado. Los cuento con los dedos de una mano.
Algunos se fueron con el tiempo. Otros quedaron al otro lado de la distancia. Hay amistades que simplemente pertenecieron a una época determinada y que, sin que nadie lo decidiera, dejaron de aparecer en las páginas siguientes de la historia.
Y hay otras que perdí por mi propia mano.
Eso quizá sea lo que más pesa.
Porque hay ausencias contra las que uno puede protestar y otras ante las que solo queda guardar silencio. Sé que he quebrado vínculos. Sé que algunas puertas las cerré yo. A veces por orgullo; otras, por cansancio; y algunas porque comprendí que continuar sosteniendo ciertas relaciones significaba sacrificar una tranquilidad que me había costado demasiado recuperar.
He aprendido que no toda compañía acompaña y que existen presencias capaces de hacernos sentir mucho más solos que la soledad misma.
Por eso decidí empezar a elegirme.
A cuidar mi tranquilidad como quien protege la última llama encendida en una casa durante una noche de invierno. Cuando algo me afecta profundamente, prefiero alejarme. Cuando una relación comienza a perturbar mi paz, ya no siento la obligación de conservarla a cualquier precio.
No siempre ha sido fácil. Hay despedidas que se pronuncian con los labios, pero permanecen durante mucho tiempo viviendo en alguna parte de la memoria.
Y, aun así, creo que hay una forma silenciosa de madurez en comprender que no todas las batallas merecen ser libradas y que algunas pérdidas, por dolorosas que sean, también pueden ser una forma de salvación.
Pero no voy a fingir que la soledad no duele.
Hay días en que mi vida me parece una casa demasiado grande para una sola persona. Una casa llena de habitaciones donde todavía sobreviven recuerdos de conversaciones, rostros, risas y nombres que alguna vez fueron cotidianos.
Lo más extraño de la soledad no es necesariamente no tener a nadie. A veces es tener algo hermoso que contar y no saber a quién llamar. Es atravesar un día difícil y descubrir que el teléfono permanece en silencio. Es regresar a casa y sentir que el mundo continúa moviéndose detrás de la puerta mientras, dentro de uno, todo permanece quieto.
También extraño la compañía.
Extraño esa sensación sencilla de saber que alguien piensa en uno sin necesidad de pedirlo. Extraño la espontaneidad de una conversación, la posibilidad de compartir una estupidez, una preocupación o simplemente el silencio con alguien que no necesita explicaciones.
Pero ya no quiero perseguir desesperadamente aquello que extraño.
Quizá porque he comprendido que hay cosas que pierden su belleza cuando intentamos arrancarlas de donde no quieren crecer.
Si alguna persona vuelve a mi vida, la recibiré.
Si alguien nuevo llega, intentaré conocerlo sin exigirle que cure las ausencias de quienes estuvieron antes.
Y si nadie llega, tendré que aprender a vivir con esa posibilidad sin convertirla en una sentencia.
No sé qué será de mí mañana. No sé qué personas conoceré, qué caminos se abrirán ni cuáles permanecerán cerrados para siempre. Tampoco sé si esta soledad es apenas una estación o si terminará convirtiéndose en una parte permanente de mi paisaje.
Por ahora, acepto que esto es lo que me corresponde.
No lo digo con resignación, sino con una especie de serenidad triste. Hay momentos en los que la vida no nos pregunta qué queremos; simplemente nos entrega lo que queda después de que ciertas cosas terminan.
Y esto es lo que queda.
Un pequeño círculo de personas.
Algunas ausencias.
Un puñado de recuerdos.
Y yo.
Quizá sea suficiente para comenzar de nuevo.
Quizá no.
Pero ya no quiero medir mi vida únicamente por la cantidad de personas que permanecen en ella. También quiero medirla por la capacidad que he tenido de seguir siendo yo después de tantas despedidas.
Porque al final, después de perder amistades, de equivocarme, de cerrar puertas y de aceptar distancias que no pude vencer, hay una certeza que empieza a parecerme más importante que cualquier compañía:
no puedo obligar a nadie a permanecer.
No puedo devolverle a la vida lo que decidió llevarse.
Pero sí puedo procurar que, en medio de todas esas ausencias, la persona que finalmente no abandone sea yo.
Y por ahora, aunque algunas noches eso parezca muy poco, voy a quedarme conmigo.
No porque haya dejado de necesitar a los demás.
Sino porque he aprendido que también existe una manera digna de atravesar la soledad: sin negarla, sin romantizarla y sin permitir que termine convirtiéndose en la medida de nuestro valor.