viernes, 10 de julio de 2026

La dirección del olvido

Hubo un tiempo en el que creía que el frío era una estación. Después entendí que también podía ser una ciudad.

La Paz me enseñó a caminar entre montañas y silencios. Nadie supo que yo libraba una guerra tan discreta que ni siquiera dejaba cadáveres; solo iba enterrando versiones de mí mismo. Amaba en secreto, con esa cobardía elegante de quien prefiere incendiarse por dentro antes que alumbrar a alguien con sus llamas. Nunca dije nada. Hay palabras que, cuando nacen demasiado tarde, aprenden a vivir como fantasmas.

Entonces escapé.

No sé si huí de una ciudad, de una persona o del hombre que era cuando todavía esperaba que algo sucediera. Solo recuerdo hacer la maleta con la extraña sensación de que uno puede cambiar de paisaje sin conseguir mudarse del alma.

Santa Cruz me recibió con un calor que jamás consiguió derretirme. Llevo cuatro años aquí y, sin embargo, sigo sintiendo que mi verdadera dirección es un lugar al que ya no puedo regresar. Hay días en que pienso que no vivo en esta ciudad; simplemente permanezco en ella, como un libro olvidado en una biblioteca donde nadie busca ese título.

He aprendido a parecer estable. Qué talento tan triste es ese. La gente llama madurez a la habilidad de esconder las ruinas bajo una alfombra.

Los libros terminaron haciendo el trabajo que las personas no pudieron. Me prestaron vidas para olvidar la mía, palabras para nombrar dolores que yo apenas intuía y finales felices que cerraba con la certeza de que pertenecían a otros. Cada página que leo es una conversación que no tuve; cada biblioteca, un refugio donde nadie pregunta por qué uno llegó tan tarde a su propia historia.

A veces pienso que me convertí en una ciudad abandonada. Las avenidas siguen ahí, pero hace años que no pasa nadie importante. Los semáforos continúan cambiando de color para un tráfico inexistente y las ventanas permanecen abiertas por costumbre, no por esperanza.

No estoy roto. Eso sería demasiado simple. Estoy detenido. Como un reloj que conserva intactas sus agujas, pero olvidó para qué sirve el tiempo.

Y quizá ese sea el verdadero castigo: descubrir que uno puede sobrevivir durante años sin llegar realmente a vivir. Levantarse, trabajar, sonreír cuando corresponde, leer un capítulo más, volver a dormir y repetir la ceremonia con una precisión casi religiosa. Convertirse en experto en existir mientras la vida ocurre unos centímetros más allá, siempre fuera del alcance de la mano.

A veces extraño el frío de La Paz, no porque haya sido feliz allí, sino porque al menos el clima tenía la honestidad de parecerse a lo que llevaba por dentro.

Desde entonces he aprendido que también existen exilios donde nadie te expulsa. Basta con marcharse de uno mismo. Y esos, justamente esos, son los viajes de los que nunca se regresa por completo.