Estoy al borde del colapso.
No sé exactamente cuándo empecé a cansarme de esta manera. No hubo un día concreto en que todo se rompiera. No escuché ningún ruido de cristales cayendo ni vi una puerta cerrarse detrás de mí. Simplemente fui acumulando cosas. Una encima de otra. Un cansancio sobre otro cansancio. Una preocupación sobre otra. Un silencio sobre otro silencio. Hasta que un día descubrí que ya no estaba llevando mi vida: apenas estaba intentando que no se me cayera encima.
Y tengo miedo.
No solamente miedo de lo que pueda pasar afuera, sino de lo que pueda pasar dentro de mí.
Tengo miedo de mi propia cabeza.
Hay momentos en los que siento que mis pensamientos dejaron de ser un lugar donde vivir y se convirtieron en una habitación sin ventanas. Pienso demasiado, demasiado rápido, demasiado tiempo. Mi cabeza no descansa. Incluso cuando mi cuerpo se acuesta, algo dentro de mí continúa caminando de un lado a otro, buscando peligros que quizá ni siquiera existen.
Me despierto cansado de haber pasado la noche pensando.
Y durante el día intento funcionar como si nada.
Trabajo. Hablo. Respondo mensajes. Hago lo que tengo que hacer. Intento resolver problemas. Intento ser abogado, ser hermano, ser hijo, ser amigo. Intento ocuparme de las cosas pequeñas porque las grandes me quedan demasiado lejos. Sonrío cuando corresponde. Digo que estoy bien cuando no tengo fuerzas para explicar que no lo estoy.
Y después vuelvo a estar solo.
Ahí es donde todo pesa un poco más.
La soledad que antes podía soportar ahora tiene otro sonido. Antes era una habitación tranquila. Ahora a veces parece un eco. Me doy cuenta de cuántas personas fueron quedándose atrás, de cuántos vínculos se fueron apagando con los años, de cuántas conversaciones ya no existen. Algunos se alejaron por la vida. Otros por las circunstancias. Otros porque yo mismo aprendí a apartarme para conservar un poco de paz.
Y ahora no siempre sé si aquella tranquilidad que buscaba era realmente tranquilidad o simplemente una forma elegante de decir que estaba cansado de necesitar a los demás.
Extraño muchas cosas.
Extraño La Paz. Extraño el frío, las calles, las conversaciones, las personas que alguna vez hicieron que el mundo pareciera menos grande. Extraño épocas que probablemente ya no podrían volver aunque regresara a los mismos lugares. Extraño incluso versiones de mí mismo que no sabía que estaba perdiendo.
Porque también estoy cansado de mí.
Cansado de tener que empezar otra vez.
Cansado de intentar ordenar mi vida mientras la vida parece empeñada en desordenarme un poco más.
Cansado de trabajar y sentir que aun así nunca alcanzo. Cansado de preocuparme por el dinero, por el trabajo, por el futuro, por las responsabilidades. Cansado de sentir que debería estar en otro lugar a estas alturas. Cansado de mirar a otros avanzar mientras yo sigo intentando reparar cosas que nadie ve.
Y eso también duele.
Duele porque sé que he intentado.
He caminado cuando no tenía ganas. He seguido adelante cuando estaba agotado. He hecho peregrinaciones cargando cansancio, frío, dolor, sueño y esperanza. He llegado hasta la Virgen de Copacabana más de una vez con el cuerpo exhausto, pero con la sensación de que todavía había algo dentro de mí que podía sostenerme.
Durante mucho tiempo pensé que la fe podía abrirme una puerta cuando yo ya no encontrara ninguna.
Y todavía lo creo.
Pero últimamente hasta rezar me cuesta.
No porque haya dejado de creer, sino porque a veces estoy tan cansado que ni siquiera sé qué pedir.
No quiero pedir grandes cosas.
Quiero descansar.
Quiero volver a sentir que mi cabeza es un lugar seguro.
Quiero dejar de despertarme con esa presión en el pecho de quien siente que algo malo está a punto de ocurrir. Quiero dejar de analizar cada sensación, cada pensamiento, cada pequeño cambio de mi cuerpo. Quiero dejar de preguntarme si estoy enfermando, si estoy perdiendo el control, si algún día mi cabeza simplemente va a romperse y ya no voy a poder regresar.
Ese es uno de mis miedos más profundos:
volverme loco.
No sé cómo explicarlo sin que suene exagerado.
No temo solamente sufrir ansiedad. Temo que la ansiedad termine transformándose en algo que ya no pueda controlar. Temo que tanto cansancio, tanta preocupación, tanta tensión acumulada terminen llevándome a un lugar del que no pueda regresar.
Y quizá lo peor es que sé que ese miedo alimenta al propio miedo.
Pienso que estoy perdiendo el control.
Entonces me asusto.
Y porque me asusto, pienso todavía más.
Y cuanto más pienso, más extraño me siento.
Y cuanto más extraño me siento, más miedo tengo.
Es un círculo del que a veces no encuentro la salida.
Mi cuerpo también está cansado. Hay días en que siento que le he exigido demasiado. He pasado de querer cambiarlo, castigarlo, adelgazar, caminar más, comer menos, aguantar más, como si todo pudiera resolverse simplemente siendo más disciplinado.
Pero hay un punto en que uno descubre que el cuerpo también tiene memoria.
Guarda el cansancio.
Guarda las noches malas.
Guarda el hambre.
Guarda el miedo.
Guarda todas esas veces en que uno dijo «mañana estaré mejor» y volvió a levantarse igual.
Y entonces aparece un agotamiento que ya no sé si es físico, mental o espiritual.
Probablemente sea todo junto.
Estoy cansado de sostenerme.
Esa es quizá la frase que más me cuesta admitir.
Estoy cansado de sostenerme.
Porque durante mucho tiempo creí que debía poder solo.
Y quizá nadie me dijo que poder solo durante demasiado tiempo también puede convertirse en una forma de quebrarse lentamente.
No quiero desaparecer.
No quiero que nadie lea estas palabras y piense que estoy despidiéndome.
Estoy intentando hacer exactamente lo contrario.
Estoy intentando que alguien entienda que necesito ayuda antes de llegar a un lugar peor.
Necesito que alguien me mire y no me pregunte solamente «¿qué te pasa?», porque a veces ni siquiera sé responder.
Necesito poder decir «no estoy bien» sin tener que presentar pruebas.
Necesito que alguien entienda que puedo estar hablando normalmente y, al mismo tiempo, sentir que por dentro estoy al límite.
Porque eso es lo extraño del agotamiento: uno puede seguir funcionando incluso cuando ya está roto por dentro.
Puede contestar un mensaje.
Puede ir a trabajar.
Puede hacer un trámite.
Puede conversar.
Puede reírse.
Puede parecer perfectamente normal.
Y, sin embargo, llegar a casa, cerrar la puerta y sentir que ya no queda absolutamente nada.
Eso es lo que me está pasando.
Estoy intentando pedir auxilio antes de que el silencio termine hablando por mí.
No necesito que alguien arregle mi vida.
No necesito que me digan que todo estará bien.
Ni siquiera necesito respuestas para todas las preguntas que tengo.
Quizá solo necesito compañía.
Necesito recordar que todavía pertenezco a algún lugar.
Que todavía hay personas a las que puedo llamar.
Que todavía puedo descansar sin sentir culpa.
Que todavía puedo llorar sin avergonzarme.
Que todavía puedo estar perdido sin haber perdido para siempre el camino.
Porque estoy cansado, sí.
Muy cansado.
Pero sigo aquí.
Y quizá eso sea lo más importante que puedo decir esta noche.
Sigo aquí.
Aunque tenga miedo.
Aunque mi cabeza no se calle.
Aunque no sepa cómo arreglar todo.
Aunque esté al borde.
Sigo aquí.
Y esta vez no quiero fingir que puedo con todo.
Esta vez quiero pedir ayuda.
Antes de caer.
