lunes, 7 de septiembre de 2026

Tras Días Distintos


 

No sé exactamente en qué momento dejamos de encontrarnos.

No hablo de dejar de vernos. Eso fue después. Hablo de algo anterior, de ese instante que seguramente ocurrió sin que ninguno de los dos pudiera reconocerlo: el momento en que estar juntos dejó de significar volver a casa.

Todavía recuerdo cómo era mirarte cuando todo estaba bien. Había una forma particular en la que el mundo parecía perder importancia cuando estábamos juntos. No necesitábamos demasiado. Bastaba con saber que el otro estaba ahí. Y quizá por eso me cuesta tanto aceptar lo que vino después. Porque no perdí solamente a una persona; perdí también la versión de mí que existía cuando estaba contigo.

Nos separamos porque seguir juntos empezaba a hacernos daño.

Eso es lo más difícil de explicar.

No hubo un enemigo al que pudiera culpar. No hubo una traición que hiciera más sencillo marcharme. No hubo una razón suficientemente grande para odiarte y convertirte en alguien ajeno. Solo fuimos quedándonos sin aquello que alguna vez nos había unido.

Y cuando finalmente tuvimos que alejarnos, yo no tuve el valor de decir todo lo que todavía llevaba dentro.

Tal vez porque decirlo habría sido una forma de pedirte que te quedaras.

Y yo ya sabía que no debía hacerlo.

Así que callé.

Desde entonces he aprendido que también existe una forma silenciosa de perder a alguien: verla continuar con su vida mientras uno permanece detenido en el lugar donde terminó todo.

A veces te veo sonreír.

Y no sé qué significa.

No sé si estás bien, si aprendiste a vivir con la ausencia, si encontraste otra manera de llenar los espacios que dejamos vacíos. No sé si algunas noches también recuerdas lo que fuimos o si ya aprendiste a pronunciar mi nombre sin que te duela.

Quizá sonríes porque realmente estás bien.

Quizá no.

Y esa incertidumbre es una de las cosas que más me destruye.

Porque no puedo entrar en tu silencio para saber qué queda de mí en él.

Entonces imagino.

Y cuando uno no tiene respuestas, la imaginación suele ser una forma bastante cruel de hacerse daño.

Hay días en que pienso que tal vez todavía existe una posibilidad. Una pequeña, casi ridícula, escondida en algún lugar donde todavía podríamos reconocernos.

Pero luego recuerdo nuestras últimas conversaciones, nuestras heridas, todo aquello que intentamos reparar sin conseguirlo.

Y comprendo que aunque volviéramos, no encontraríamos aquello que perdimos.

Podríamos abrazarnos.

Podríamos hablarnos durante horas.

Podríamos incluso volver a querernos.

Pero ya no seríamos aquellos dos.

Hay cosas que, una vez rotas, pueden repararse, pero nunca recuperan exactamente la forma que tenían antes.

Eso es lo que más me duele.

No saber que terminó.

Saber que terminó algo que, aun si regresara, ya no podría ser lo mismo.

Y mientras tú sigues avanzando, yo sigo aquí.

No porque no exista un camino.

Lo conozco.

Sé perfectamente dónde está la salida. He visto, incluso desde lejos, que hay lugares donde podría volver a sentirme vivo. Hay personas, días, posibilidades. Hay una vida que todavía no me ha cerrado completamente la puerta.

Pero saber dónde está la luz no significa tener fuerzas para caminar hacia ella.

Y yo no las tengo.

Por eso me he acostumbrado a esta oscuridad con una disciplina que a veces me avergüenza.

Me aparto antes de que puedan acercarse.

Rechazo conversaciones que podrían salvarme de mí mismo.

Dejo pasar oportunidades.

Regreso voluntariamente al silencio.

Y después me pregunto por qué me siento solo.

Supongo que esa es la parte que más me pesa reconocer: que algunas de mis cadenas me las puse yo mismo.

Nadie me obliga a estar aquí.

Nadie me ha encerrado en esta vida pequeña que construí alrededor de tu ausencia.

Soy yo quien vuelve cada noche a la misma tristeza, como si en algún momento fuera a encontrar allí una respuesta.

Y no la encuentro.

Solo encuentro recuerdos.

Tu voz.

Tu manera de mirarme.

Aquella intimidad que alguna vez parecía tan natural y que ahora pertenece a una vida que ya no sé si realmente fue mía.

A veces quisiera tener la fuerza para buscarte y decirte todo.

Decirte que todavía me duele.

Que nunca supe cómo despedirme.

Que hubo demasiadas cosas que callé por miedo a empeorar lo inevitable.

Pero también sé que quizá ya no necesito decirlas.

Hay palabras que llegan demasiado tarde.

Y quizá tú ya aprendiste a vivir sin escucharlas.

Así que me quedo aquí, tratando de aprender lo mismo.

Solo que todavía no sé cómo.

Y mientras tanto, cuando te veo sonreír, intento creer que estás bien.

No porque lo sepa.

Sino porque prefiero imaginar que, al menos uno de los dos, consiguió salir de aquel lugar.

Yo todavía estoy buscando la fuerza para hacerlo.

Aunque sé dónde está la luz.

Aunque puedo verla.

Aunque está mucho más cerca de lo que quiero admitir.

No sé cómo llegar hasta ella.

Y quizá eso sea lo más triste de todo:

que después de perderte, no fue tu ausencia lo que terminó encadenándome.

Fui yo.

Yo, que no supe volver.

Yo, que no supe despedirme.

Yo, que sigo esperando algo que ya no sé nombrar.

Y yo, que todavía no encuentro la fuerza suficiente para soltar lo que sé que jamás volverá a ser como antes.

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