miércoles, 16 de septiembre de 2026

AL BORDE DEL COLAPSÓ

​Estoy al borde del colapso.

No sé exactamente cuándo empecé a cansarme de esta manera. No hubo un día concreto en que todo se rompiera. No escuché ningún ruido de cristales cayendo ni vi una puerta cerrarse detrás de mí. Simplemente fui acumulando cosas. Una encima de otra. Un cansancio sobre otro cansancio. Una preocupación sobre otra. Un silencio sobre otro silencio. Hasta que un día descubrí que ya no estaba llevando mi vida: apenas estaba intentando que no se me cayera encima.

Y tengo miedo.

No solamente miedo de lo que pueda pasar afuera, sino de lo que pueda pasar dentro de mí.

Tengo miedo de mi propia cabeza.

Hay momentos en los que siento que mis pensamientos dejaron de ser un lugar donde vivir y se convirtieron en una habitación sin ventanas. Pienso demasiado, demasiado rápido, demasiado tiempo. Mi cabeza no descansa. Incluso cuando mi cuerpo se acuesta, algo dentro de mí continúa caminando de un lado a otro, buscando peligros que quizá ni siquiera existen.

Me despierto cansado de haber pasado la noche pensando.

Y durante el día intento funcionar como si nada.

Trabajo. Hablo. Respondo mensajes. Hago lo que tengo que hacer. Intento resolver problemas. Intento ser abogado, ser hermano, ser hijo, ser amigo. Intento ocuparme de las cosas pequeñas porque las grandes me quedan demasiado lejos. Sonrío cuando corresponde. Digo que estoy bien cuando no tengo fuerzas para explicar que no lo estoy.

Y después vuelvo a estar solo.

Ahí es donde todo pesa un poco más.

La soledad que antes podía soportar ahora tiene otro sonido. Antes era una habitación tranquila. Ahora a veces parece un eco. Me doy cuenta de cuántas personas fueron quedándose atrás, de cuántos vínculos se fueron apagando con los años, de cuántas conversaciones ya no existen. Algunos se alejaron por la vida. Otros por las circunstancias. Otros porque yo mismo aprendí a apartarme para conservar un poco de paz.

Y ahora no siempre sé si aquella tranquilidad que buscaba era realmente tranquilidad o simplemente una forma elegante de decir que estaba cansado de necesitar a los demás.

Extraño muchas cosas.

Extraño La Paz. Extraño el frío, las calles, las conversaciones, las personas que alguna vez hicieron que el mundo pareciera menos grande. Extraño épocas que probablemente ya no podrían volver aunque regresara a los mismos lugares. Extraño incluso versiones de mí mismo que no sabía que estaba perdiendo.

Porque también estoy cansado de mí.

Cansado de tener que empezar otra vez.

Cansado de intentar ordenar mi vida mientras la vida parece empeñada en desordenarme un poco más.

Cansado de trabajar y sentir que aun así nunca alcanzo. Cansado de preocuparme por el dinero, por el trabajo, por el futuro, por las responsabilidades. Cansado de sentir que debería estar en otro lugar a estas alturas. Cansado de mirar a otros avanzar mientras yo sigo intentando reparar cosas que nadie ve.

Y eso también duele.

Duele porque sé que he intentado.

He caminado cuando no tenía ganas. He seguido adelante cuando estaba agotado. He hecho peregrinaciones cargando cansancio, frío, dolor, sueño y esperanza. He llegado hasta la Virgen de Copacabana más de una vez con el cuerpo exhausto, pero con la sensación de que todavía había algo dentro de mí que podía sostenerme.

Durante mucho tiempo pensé que la fe podía abrirme una puerta cuando yo ya no encontrara ninguna.

Y todavía lo creo.

Pero últimamente hasta rezar me cuesta.

No porque haya dejado de creer, sino porque a veces estoy tan cansado que ni siquiera sé qué pedir.

No quiero pedir grandes cosas.

Quiero descansar.

Quiero volver a sentir que mi cabeza es un lugar seguro.

Quiero dejar de despertarme con esa presión en el pecho de quien siente que algo malo está a punto de ocurrir. Quiero dejar de analizar cada sensación, cada pensamiento, cada pequeño cambio de mi cuerpo. Quiero dejar de preguntarme si estoy enfermando, si estoy perdiendo el control, si algún día mi cabeza simplemente va a romperse y ya no voy a poder regresar.

Ese es uno de mis miedos más profundos:

volverme loco.

No sé cómo explicarlo sin que suene exagerado.

No temo solamente sufrir ansiedad. Temo que la ansiedad termine transformándose en algo que ya no pueda controlar. Temo que tanto cansancio, tanta preocupación, tanta tensión acumulada terminen llevándome a un lugar del que no pueda regresar.

Y quizá lo peor es que sé que ese miedo alimenta al propio miedo.

Pienso que estoy perdiendo el control.

Entonces me asusto.

Y porque me asusto, pienso todavía más.

Y cuanto más pienso, más extraño me siento.

Y cuanto más extraño me siento, más miedo tengo.

Es un círculo del que a veces no encuentro la salida.

Mi cuerpo también está cansado. Hay días en que siento que le he exigido demasiado. He pasado de querer cambiarlo, castigarlo, adelgazar, caminar más, comer menos, aguantar más, como si todo pudiera resolverse simplemente siendo más disciplinado.

Pero hay un punto en que uno descubre que el cuerpo también tiene memoria.

Guarda el cansancio.

Guarda las noches malas.

Guarda el hambre.

Guarda el miedo.

Guarda todas esas veces en que uno dijo «mañana estaré mejor» y volvió a levantarse igual.

Y entonces aparece un agotamiento que ya no sé si es físico, mental o espiritual.

Probablemente sea todo junto.

Estoy cansado de sostenerme.

Esa es quizá la frase que más me cuesta admitir.

Estoy cansado de sostenerme.

Porque durante mucho tiempo creí que debía poder solo.

Y quizá nadie me dijo que poder solo durante demasiado tiempo también puede convertirse en una forma de quebrarse lentamente.

No quiero desaparecer.

No quiero que nadie lea estas palabras y piense que estoy despidiéndome.

Estoy intentando hacer exactamente lo contrario.

Estoy intentando que alguien entienda que necesito ayuda antes de llegar a un lugar peor.

Necesito que alguien me mire y no me pregunte solamente «¿qué te pasa?», porque a veces ni siquiera sé responder.

Necesito poder decir «no estoy bien» sin tener que presentar pruebas.

Necesito que alguien entienda que puedo estar hablando normalmente y, al mismo tiempo, sentir que por dentro estoy al límite.

Porque eso es lo extraño del agotamiento: uno puede seguir funcionando incluso cuando ya está roto por dentro.

Puede contestar un mensaje.

Puede ir a trabajar.

Puede hacer un trámite.

Puede conversar.

Puede reírse.

Puede parecer perfectamente normal.

Y, sin embargo, llegar a casa, cerrar la puerta y sentir que ya no queda absolutamente nada.

Eso es lo que me está pasando.

Estoy intentando pedir auxilio antes de que el silencio termine hablando por mí.

No necesito que alguien arregle mi vida.

No necesito que me digan que todo estará bien.

Ni siquiera necesito respuestas para todas las preguntas que tengo.

Quizá solo necesito compañía.

Necesito recordar que todavía pertenezco a algún lugar.

Que todavía hay personas a las que puedo llamar.

Que todavía puedo descansar sin sentir culpa.

Que todavía puedo llorar sin avergonzarme.

Que todavía puedo estar perdido sin haber perdido para siempre el camino.

Porque estoy cansado, sí.

Muy cansado.

Pero sigo aquí.

Y quizá eso sea lo más importante que puedo decir esta noche.

Sigo aquí.

Aunque tenga miedo.

Aunque mi cabeza no se calle.

Aunque no sepa cómo arreglar todo.

Aunque esté al borde.

Sigo aquí.

Y esta vez no quiero fingir que puedo con todo.

Esta vez quiero pedir ayuda.

Antes de caer.


lunes, 7 de septiembre de 2026

Tras Días Distintos


 

No sé exactamente en qué momento dejamos de encontrarnos.

No hablo de dejar de vernos. Eso fue después. Hablo de algo anterior, de ese instante que seguramente ocurrió sin que ninguno de los dos pudiera reconocerlo: el momento en que estar juntos dejó de significar volver a casa.

Todavía recuerdo cómo era mirarte cuando todo estaba bien. Había una forma particular en la que el mundo parecía perder importancia cuando estábamos juntos. No necesitábamos demasiado. Bastaba con saber que el otro estaba ahí. Y quizá por eso me cuesta tanto aceptar lo que vino después. Porque no perdí solamente a una persona; perdí también la versión de mí que existía cuando estaba contigo.

Nos separamos porque seguir juntos empezaba a hacernos daño.

Eso es lo más difícil de explicar.

No hubo un enemigo al que pudiera culpar. No hubo una traición que hiciera más sencillo marcharme. No hubo una razón suficientemente grande para odiarte y convertirte en alguien ajeno. Solo fuimos quedándonos sin aquello que alguna vez nos había unido.

Y cuando finalmente tuvimos que alejarnos, yo no tuve el valor de decir todo lo que todavía llevaba dentro.

Tal vez porque decirlo habría sido una forma de pedirte que te quedaras.

Y yo ya sabía que no debía hacerlo.

Así que callé.

Desde entonces he aprendido que también existe una forma silenciosa de perder a alguien: verla continuar con su vida mientras uno permanece detenido en el lugar donde terminó todo.

A veces te veo sonreír.

Y no sé qué significa.

No sé si estás bien, si aprendiste a vivir con la ausencia, si encontraste otra manera de llenar los espacios que dejamos vacíos. No sé si algunas noches también recuerdas lo que fuimos o si ya aprendiste a pronunciar mi nombre sin que te duela.

Quizá sonríes porque realmente estás bien.

Quizá no.

Y esa incertidumbre es una de las cosas que más me destruye.

Porque no puedo entrar en tu silencio para saber qué queda de mí en él.

Entonces imagino.

Y cuando uno no tiene respuestas, la imaginación suele ser una forma bastante cruel de hacerse daño.

Hay días en que pienso que tal vez todavía existe una posibilidad. Una pequeña, casi ridícula, escondida en algún lugar donde todavía podríamos reconocernos.

Pero luego recuerdo nuestras últimas conversaciones, nuestras heridas, todo aquello que intentamos reparar sin conseguirlo.

Y comprendo que aunque volviéramos, no encontraríamos aquello que perdimos.

Podríamos abrazarnos.

Podríamos hablarnos durante horas.

Podríamos incluso volver a querernos.

Pero ya no seríamos aquellos dos.

Hay cosas que, una vez rotas, pueden repararse, pero nunca recuperan exactamente la forma que tenían antes.

Eso es lo que más me duele.

No saber que terminó.

Saber que terminó algo que, aun si regresara, ya no podría ser lo mismo.

Y mientras tú sigues avanzando, yo sigo aquí.

No porque no exista un camino.

Lo conozco.

Sé perfectamente dónde está la salida. He visto, incluso desde lejos, que hay lugares donde podría volver a sentirme vivo. Hay personas, días, posibilidades. Hay una vida que todavía no me ha cerrado completamente la puerta.

Pero saber dónde está la luz no significa tener fuerzas para caminar hacia ella.

Y yo no las tengo.

Por eso me he acostumbrado a esta oscuridad con una disciplina que a veces me avergüenza.

Me aparto antes de que puedan acercarse.

Rechazo conversaciones que podrían salvarme de mí mismo.

Dejo pasar oportunidades.

Regreso voluntariamente al silencio.

Y después me pregunto por qué me siento solo.

Supongo que esa es la parte que más me pesa reconocer: que algunas de mis cadenas me las puse yo mismo.

Nadie me obliga a estar aquí.

Nadie me ha encerrado en esta vida pequeña que construí alrededor de tu ausencia.

Soy yo quien vuelve cada noche a la misma tristeza, como si en algún momento fuera a encontrar allí una respuesta.

Y no la encuentro.

Solo encuentro recuerdos.

Tu voz.

Tu manera de mirarme.

Aquella intimidad que alguna vez parecía tan natural y que ahora pertenece a una vida que ya no sé si realmente fue mía.

A veces quisiera tener la fuerza para buscarte y decirte todo.

Decirte que todavía me duele.

Que nunca supe cómo despedirme.

Que hubo demasiadas cosas que callé por miedo a empeorar lo inevitable.

Pero también sé que quizá ya no necesito decirlas.

Hay palabras que llegan demasiado tarde.

Y quizá tú ya aprendiste a vivir sin escucharlas.

Así que me quedo aquí, tratando de aprender lo mismo.

Solo que todavía no sé cómo.

Y mientras tanto, cuando te veo sonreír, intento creer que estás bien.

No porque lo sepa.

Sino porque prefiero imaginar que, al menos uno de los dos, consiguió salir de aquel lugar.

Yo todavía estoy buscando la fuerza para hacerlo.

Aunque sé dónde está la luz.

Aunque puedo verla.

Aunque está mucho más cerca de lo que quiero admitir.

No sé cómo llegar hasta ella.

Y quizá eso sea lo más triste de todo:

que después de perderte, no fue tu ausencia lo que terminó encadenándome.

Fui yo.

Yo, que no supe volver.

Yo, que no supe despedirme.

Yo, que sigo esperando algo que ya no sé nombrar.

Y yo, que todavía no encuentro la fuerza suficiente para soltar lo que sé que jamás volverá a ser como antes.