martes, 21 de julio de 2026

Perdí

Hay días en los que me miro al espejo y siento que la persona que me devuelve la mirada ya no soy yo. Es alguien que aprendió a caminar con un vacío en el pecho, alguien que descubrió demasiado tarde que hay palabras que duran apenas unos segundos al salir de la boca, pero cuyas consecuencias pueden condenarte para siempre.

Durante mucho tiempo pensé que el dolor tenía fecha de vencimiento. Me repetían que el tiempo acomodaba las cosas, que un día despertaría y ya no dolería recordar tu nombre. Les creí. Esperé semanas. Luego meses. Después dejé de contar. Lo único que cambió fue que aprendí a sonreír delante de la gente mientras por dentro seguía viviendo el mismo día en que te perdí.

He intentado de todo para no pensar en ti. Me refugié en el trabajo, en los libros, en las caminatas interminables, en las noches donde el sueño nunca llegaba. Incluso pensé que podía llenar los espacios que dejaste con otras personas, con otras conversaciones, con otros abrazos. Pero nadie ocupaba tu lugar. Todos eran apenas un ruido que intentaba tapar un silencio demasiado grande.

A veces me pregunto en qué momento dejé de ser el hombre del que te enamoraste. No fue una traición espectacular ni una mentira gigantesca. Fueron pequeñas decepciones repetidas una y otra vez. Orgullo. Silencios. Malas respuestas. Promesas incumplidas. Creí que siempre habría tiempo para arreglarlo. Qué ingenuo fui. Hay corazones que no se rompen de golpe; simplemente se cansan.

Recuerdo perfectamente el día en que, con el orgullo disfrazado de valentía, te dije que si querías irte, te fueras. Pensé que me elegirías una vez más. Pensé que volverías a dar media vuelta. Lo dije esperando que me contradijeras. Pero abriste la puerta… y esta vez no regresaste.

Ese instante se repite todas las noches en mi cabeza como una condena. Si pudiera volver atrás, cambiaría una sola frase y probablemente cambiaría toda mi vida.

Lo más difícil no es aceptar que ya no estás. Lo insoportable es aceptar que fui yo quien empujó nuestra historia hacia el abismo. Que las heridas que te hice nunca fueron visibles para los demás, pero sí suficientes para que un día dejaras de verme con amor. No te rompí el corazón de un solo golpe; lo fui desgastando hasta que entendiste que merecías una vida donde no tuvieras que sobrevivir a mis errores.

Y desde entonces vivo acompañado por esa culpa.

Hay noches en las que me convenzo de que si bebiera un poco más, si conociera a alguien más o si me obligara a empezar otra vida, todo sería diferente. Pero no funciona. El alcohol sólo consigue que te recuerde con más fuerza. Las personas nuevas sólo me enseñan todo lo que perdí. Y cada intento de seguir adelante termina llevándome de regreso al mismo lugar: tu ausencia.

Lo peor es que el mundo continúa. La gente se enamora, se casa, tiene hijos, hace planes. Yo también sonrío cuando hace falta, hago mi trabajo, converso, saludo, aparento estar bien. Nadie imagina que por dentro sigo viviendo entre los escombros de una historia que nunca aprendí a despedir.

Dicen que uno sólo pierde lo que nunca supo cuidar. Tal vez tengan razón.

Si alguna vez existió el amor de mi vida, estoy convencido de que ya pasó frente a mí. Lo tuve entre las manos y no entendí su valor hasta que el silencio ocupó su lugar.

Ahora sólo me queda aprender a vivir con esta versión de mí: la del hombre que cada mañana despierta sabiendo que hay errores que no tienen reparación, perdones que llegan demasiado tarde y despedidas que nunca terminan de ocurrir.

Porque hay personas que se van una sola vez… y, sin embargo, uno las pierde todos los días.


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