La noche de San Juan era mi noche favorita del año.
No Navidad. No Año Nuevo. No mi cumpleaños.
San Juan.
La noche más fría del invierno era, para mí, la más cálida del mundo.
Todavía puedo cerrar los ojos y verla. La casa de mis abuelos iluminada por las llamas de una fogata improvisada en el patio. El humo subiendo lento hacia un cielo negro lleno de estrellas. Mis primos corriendo de un lado a otro con chispitas, petardos y cohetes. El olor de los hot dogs mezclándose con el olor de la leña ardiendo. Las risas. Los gritos. La vida.
Y sobre todo el fuego.
Siempre fue el fuego.
Me gustaba mirarlo durante horas. Ver cómo consumía la madera. Cómo crecía, cómo rugía, cómo parecía una criatura viva bailando en medio de la oscuridad. Había algo hipnótico en las llamas. Algo antiguo. Algo que me hacía sentir seguro.
Mientras el fuego ardiera, todo estaba bien.
Mis abuelos estaban allí.
Mis primos estaban allí.
Yo estaba allí.
Éramos una familia.
Nunca pensé que aquello terminaría.
Cuando uno es niño cree que ciertas cosas son eternas. Cree que los abuelos vivirán para siempre. Que la casa siempre estará esperándonos. Que los mismos rostros volverán a reunirse cada año alrededor de la misma fogata.
Pero los años tienen hambre.
Y se lo comen todo.
Primero se llevaron a mis abuelos.
Después vendieron la casa.
Luego los primos crecieron.
Se casaron.
Tuvieron hijos.
Construyeron sus propias vidas.
Y yo me quedé mirando cómo cada uno se alejaba llevando consigo un pedazo de aquella noche.
Como si alguien hubiera desmontado lentamente el escenario de mi infancia.
Tabla por tabla.
Ladrillo por ladrillo.
Recuerdo por recuerdo.
Ahora la noche de San Juan sigue llegando cada año.
Pero llega como llegan los fantasmas.
No para celebrar.
Sino para recordarme lo que ya no existe.
Esta noche, cuando salga del trabajo, caminaré por las calles frías de la ciudad. Tal vez vea alguna fogata lejana. Escucharé algunos fuegos artificiales explotando a la distancia. Quizás perciba ese olor a humo que durante tantos años significó felicidad.
Y entonces volveré a mi departamento.
Solo.
Abriré la puerta.
Entraré en silencio.
Me cambiaré de ropa.
Encenderé la computadora.
Buscaré algún videojuego para matar las horas.
Porque eso es lo que hago ahora.
Matar horas.
Matar días.
Matar semanas.
Mientras el tiempo hace conmigo lo mismo que hizo con todo lo demás.
No habrá hot dogs.
No habrá primos.
No habrá risas.
No habrá fuego.
Y lo peor es que ya ni siquiera me sorprende.
Durante mucho tiempo pensé que extrañaba las fogatas.
Después entendí que no.
Lo que extraño es a la persona que era cuando las veía.
Extraño al niño que corría por el patio creyendo que el mundo era inmenso y que la felicidad era algo simple.
Extraño a ese muchacho que todavía esperaba cosas del futuro.
Extraño a alguien que ya no existe.
Porque el verdadero incendio no fue el de aquellas noches.
Fue otro.
Más lento.
Más silencioso.
Un fuego que ardió durante años sin que me diera cuenta.
Consumió la casa.
Consumió la familia.
Consumió los planes.
Consumió las ilusiones.
Consumió partes enteras de mí.
Y cuando finalmente levanté la vista para observar las llamas, ya era demasiado tarde.
No quedaba casi nada.
Solo cenizas.
A veces pienso que mi vida se parece a esas fogatas que hacíamos en San Juan.
Al principio eran enormes.
Brillantes.
Llenas de calor.
Todos querían acercarse.
Todos reían alrededor de ellas.
Pero después la leña se fue acabando.
Las llamas comenzaron a disminuir.
La gente empezó a marcharse.
Y nadie notó el momento exacto en que el fuego dejó de ser fuego.
Porque las cosas importantes no terminan con un estruendo.
Terminan con un susurro.
Una brasa se apaga.
Luego otra.
Luego otra.
Hasta que solo queda oscuridad.
Y eso es lo que más duele.
No que el fuego se haya apagado.
Sino descubrir que llevo años sentado frente a las cenizas, fingiendo que todavía puedo sentir el calor.
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