Soy abogado, o al menos eso dice el título que guarda polvo en algún cajón de mi escritorio desde que salí de la Universidad Mayor de San Andrés. En teoría me dedico al derecho civil, comercial, familiar, laboral… palabras serias que suenan importantes cuando uno las dice en voz alta. En la práctica paso buena parte de mis días redactando memoriales que nadie leerá con verdadero interés, ordenando carpetas de préstamos hipotecarios y tratando de convencerme de que todo esto, de alguna manera, era lo que imaginaba cuando decidí estudiar leyes.
Trabajo rodeado de expedientes, firmas y sellos, mientras en algún rincón de mi cabeza siguen viviendo los libros que me hubiera gustado escribir o, al menos, las historias que me hubiera gustado contar. Porque la verdad es que me gusta más leer que muchas de las cosas que hago para ganarme la vida. Los libros tienen la delicadeza de no pedirte nada a cambio, salvo tiempo, y a veces ni siquiera eso: basta con abrir uno para sentir que el mundo, por un instante, es más grande que tus preocupaciones.
Llevo años en este oficio —el del derecho, el de fingir que todo está bajo control— y todavía no sé si he escrito una sola página, jurídica o personal, que me deje completamente satisfecho. Mis clientes creen que soy más seguro de lo que realmente soy. Mis colegas creen que tengo más claro mi camino de lo que en realidad lo tengo. Y la gente que me quiere probablemente sospecha, con bastante razón, que sigo buscando algo que ni yo mismo sé nombrar.
Dentro de poco cumpliré otro año más —treinta y tantos, ya perdí la cuenta exacta de cuándo empezaron a pasar tan rápido— y a veces me pregunto en qué momento el muchacho que soñaba con cambiar el mundo con ideas, libros o palabras terminó convirtiéndose en alguien que mide sus días en trámites, plazos procesales y llamadas pendientes.
No es una tragedia, supongo. Hay vidas mucho más difíciles que la mía. Tengo trabajo, tengo amigos, tengo una familia que insiste en quererme incluso cuando no soy particularmente fácil de querer. Pero de vez en cuando, en algún momento silencioso del día, me asalta la sospecha de que todavía no he escrito —ni en papel ni en la vida— la historia que realmente quería contar.
Hoy por hoy, si consigo ordenar un par de ideas decentes entre un expediente y otro, me doy por satisfecho. Esa es, al final, la clase de abogado y de hombre que soy: uno que todavía se permite el lujo un poco absurdo de pensar que, en alguna parte, entre los libros que lee y las palabras que escribe, sigue escondida la versión de sí mismo que alguna vez quiso llegar a ser. 📚
No hay comentarios:
Publicar un comentario