domingo, 25 de septiembre de 2016

YOLANDA BEDREGAL



Mi homenaje a Yolanda Bedregal 
¡YOOLA! – OOOLA
¡YOLANDA!… landa … landa … la landa … yoo … anda – Yolanda. ¡Yolanda! ooo… aaa … aaa.
¡Las Landas! Las tierras enormes y frías como sábanas de hielo.
¡Yo! Estrella nueva que sólo tiene dos puntas.
¡Yolita! Piedra de color violeta.
Yolanda: Violante: el nombre de una constelación

Sobre Yolanda Bedregal hablarán muchos. Muchos o casi todo de ellos, son personas “muy” adultas, tienen ya poco pelo y mucha barba. Los anteojos se les caen por las narices y el metal brilla entre sus dedos. Caminan no. Sus automóviles brillantes y silenciosos los transportan del súper mercado a la oficina y luego al garaje de sus casas. Y es ahí, donde sentados en roble, rodeados de altos libreros, con lámparas verdes, encienden su puro y leen a la distinguida y notable Yolanda Bedregal.
Leen con altura y soberbia, se cautivan con la elocuencia y magnificencia de su retórica, se acaloran en el desliz de una danza floral. Cierran sus libros heredados de primera edición, prenden otro puro, y otro, y ese día ya no fuman más; la poesía es para ellos, es de ellos, es con ellos. Nadie más la comprendería. Es un duro significado; el sensible florecimiento de sus letras. Duermen sin despeinarse.
Y qué hay de los otros, de los que no tenemos automóviles, no tenemos casa, no tenemos libreros y fumamos derby. No conocemos Paris ni Venecia. No tuvimos luna de miel. Tenemos manos callosas y paspas. Alzamos los alimentos de donde podemos y enterramos nuestros muertos en las esquinas. Nuestros anteojos están arreglados con cinta adhesiva. Nuestros zapatos están por cuarta vez en el zapatero. Nuestros libros piratas están acomodados donde debería estar un televisor. Qué hay de los que viven en los tejados, de los que duermen en las alcantarillas. Qué hay de los que tienen su asiento preferido al fondo de la biblioteca. Qué hay de los que le escuece la mano por escribir. ¿Qué hay de los pocos, poquísimos libros de Yolanda Bedregal en la biblioteca?
Imagino que Yolanda era una tipa como nosotros, sin más sin menos. Delgada, piel cetrina, adusta y con pelo negro azabache, pies diminutos y ojos y aquí quiero poner énfasis, ojos terriblemente sinceros, imagino que cualquiera que la haya podido ver se acuerde de ella. No creo que todos tengamos aquellos ojos, pero al menos aquello la separaba de nosotros. Crecía y leía y crecía y escribía y crecía. En su adolescencia fue capaz de no olvidar la infancia “Nuestra sabia ignorancia de niños embelleció al mundo imaginario” en su adultez fue capaz de no olvidar la adolescencia. Escribía lo que veía, no lo que miraba. Escribía lo que sentía, no lo que pretendían que sienta. Tuvo que ser valiente a comparación de otros poetas, ella salió de su casa y buscó donde no la llamaban, ganaba donde perdía, y sus mitos eran de verdad mientras lloraba de alegría entre recuerdos que quizá jamás existieron.
No me sería nada extraño verla hoy, sentada en el parque hablándole a los árboles. Caminando por la Rioshinio buscando margaritas amarillas. Gritando en la soledad de la puna su nombre: ¡YOOOOLAAAAA! Paseando las calles angostas, dedicando sonrisas, regalando su alegría, tragando melancolías sueltas. No me sería extraño ver a Yolanda con una cámara fotográfica. Buscando ases en la luz, dando la espalda a las moles de cemento. Concentrándose en adivinar el siguiente paso de las palomas, la siguiente palabra de los niños en el recreo. Mirando siempre más allá, más aún y todavía más. Cautivada del azul, cautivada del blanco, cautivada del Illimani y de sus nubes. Ella no miraría una “ex – estación central”, vería vagones, ancianos de sombrero con copa y niños tirándoles la cola del traje. Vería al fondo, entre los árboles, una joven pareja de enamorados, los vería con sus rostros cerca el uno del otro, murmurando frases que hasta un ciego las entendería.  Para ella no existirían niños hambrientos ni ancianos abandonados, ella sabría que aquí falta amor. Volvería a casa siempre antes de la media noche y su padre la escucharía con cariñosa atención. En su habitación, ella escribía a luz lunar en el alfeizar de la ventana, escribía mientras sus nardos y gardenias trepaban en su lecho. Dudo que haya compuesto una sola línea sin calmar su espíritu en las orillas de un mar lejano, de una montaña congelada, en una mariposa y su aleteo, de una guerra inhóspita; pero jamás sobre la oscuridad, ni la muerte.
Yolanda no se hizo para los que viven arriba ni para los que viven abajo. Nos la mandaron para que la sintamos bien dentro. Para entender, no un poco, sino mucho sobre eso bien extraño que es El Sentir. Ella sintió, ella nació sintiendo y siempre supo lo que es sentir. No por nada supo decir “Un dedo mío detiene el montón de acero del ómnibus”. ¿Acaso se puede hacer una poesía de algo tan trivial como tomar un bus? Desde Yolanda ya nada es trivial, todo tiene sed de inspiración, todo es poesía y en ella un poema.
Y ¿qué nos importa la poesía cubana? ¿La angustia desesperada de Neruda? ¿Las metáforas extrañas y violentas de Huidoro? ¿La metafísica de Juana de Ibarbourou? Ellas (y ya muchos lo dijeron) son dulces poetisas, amantes del paisaje, la miniatura, la anécdota, el arte figurativo. Sin embargo Yolanda, es magia de nuestra tierra, magia de nuestra realidad, de nuestro mar cautivo, de nuestras guerras perdidas. No importa en ella el paisaje expresionista. Donde hay una montaña en ella es el infinito. Donde hay paisajes en ella es inmensidad. Y donde hay grandeza en ella es alma.
Ahora no digamos que Yolanda es la más grande de las poetas en esta tierra, la más importante y que todos deben rendirle una merecida pleitesía. No. A Yolanda hay tan solo que detenerse un momento y rendirse. ¿Qué hacemos rindiéndonos? Solo entregándonos en ese preciso instante (un instante que puede pasar desapercibido) vamos a ser capaces de entender lo que ella entendía. Vamos a poder pasar por una iglesia y no ver unas piedras amontonadas y a un Jesús al medio, pasaríamos a ver el sol por cada poro, veríamos a los niños bostezando y a las ancianas de puntillas concentradas en sus oraciones. Donde hay una plaza veríamos miles de pétalos y a un par de enamorados. Seríamos capaces de compartir nuestro silencio. De volver a casa apreciando en las puntas del cabello de nuestras hijas un pequeño universo, donde la esperanza, la creación, el alquitrán nocturno y el juez eterno, reflejen por un breve instante la obra de Yolanda Bedregal.
Esa señora, casi desconocida en las zonas, en los barrios populachos, en la villa y en la periferia. De rostro inmune al tiempo, de poesía infinita y de poemas al ser. Es ella quien nos enseña que no debemos ocultarnos bajo el sol, que no debemos ocultar nuestra sombra lunar. En sus textos resbalamos cada uno de nosotros, cada obra desde la más sencilla hasta la más extraordinaria; en sus letras nos cobija, nos da almohadas para descansar y una fuente de agua fresca para volver a empezar.
Hay Yolanda Bedregal para el soldado, para el lustrabotas, para el jardinero y para el sastre. Nos la mandaron para empezar a sentir, no es ella difícil, no es ardua ni rebuscada. Sus poemas son para el hijo del albañil, para el conductor del tranvía, para el padre del soldado muerto en el campo inerte. Yolanda Bedregal es para leerlo en la plaza, en el bus hacia Oruro, en el descanso laboral de una fábrica manufacturera en la Argentina. Es para sentirlo cuando el ser amado posa su mano sobre la tuya, cuando te da un beso en la comisura del labio. “Porque la Poesía es signo; y el Verso, clave.” 
Espero y de verdad lo espero, que se deje a Yolanda a los que la necesitan, los que necesitan un poco de verdadera fe, de verdadero sentir. Ella, tan solo ella te puede llevar de la mano y guiar hacía la verdadera esencia de un paceño, de un potosino, de un soldado, de un panadero, de un despatriado, de un adolescente; ella, solo ella.
Nació en buena cuna, una mañana o una tarde cuando corrían los mil novecientos trece años. Siempre tuvo a mano una valiosa biblioteca, su padre, un reconocido poeta de renombre la armó en el espíritu de la literatura. Fue él sin duda, que revisó sus primeros borradores, empero Yolanda fiel a su destino, continuó el sinuoso camino del escribir fiel a lo que sentía.
Y ahora, estos señores de larga barba, pretenden comparar su obra, comparar sus textos, pretenderán encuadrarlas en los moldes de las posmodernidad que ellos han inventado, la ubicaran entre su carrera de docente y su beca en el Barnard College de la Universidad de Columbia. ¿Es así como realmente quería que la recordaran Yolanda Bedregal? Algunos más osados, incluso hablaran de su matrimonio con Gert Conítze (que de buena gana tradujo al alemán toda su obra).
Quizá en el paso de los años, en la inevitable escoba del tiempo, muchas cosas han cambiado. Los de barba blanca deben tener razón, insisten que estoy equivocado, que Yolanda vivía en su nube puesta por su padre, que miraba con desdén a los que no podían utilizar los cubiertos correctamente. Y su padre, dedicarán vastas hojas para hablar de su padre. Pero no creo que este sea el caso, eso sería hablar de más. Es más correcto (y más bonito) hablar sobre la presencia de Yolanda Bedregal en nuestros tiempos y en nuestras calles. Y es eso lo que pienso hacer.
Salir a la Jaen. Pasear por Sopocachi. Escalar al montículo. Sentarse en las graditas de la biblioteca municipal. En todos aquellos espacios que Yolanda bien conocía, hoy se oyen murmullos diferentes; no es de poesía exactamente. Los niños hablan sobre su programa de la televisión. Sus padres hablan de cómo conseguir más dinero. Y los abuelos se quejan de sus achaques. Preguntar a cualquier estudiante de nuestras escuelas sobre Yolanda Bedregal sería igual que preguntarles sobre que hay al centro del sol. En las bibliotecas sus obras son escasas, por no decir nulas. En los almuerzos familiares de los domingos ya no se recitan versos como en otros tiempos (muy antiguos tiempos). Hay menos libros y menos de esos son poemarios. Obras nacionales son inexistentes en el noventa por ciento de los libreros (si es que hay libreros). Las universidades prefieren olvidar su obra. Bedregal a veces se escucha, por un político de la vieja vanguardia, un apellido viejo, angustiado. Triste.
¿Dónde está Yolanda ahora? ¿Quién la rescata del olvido? A Yolanda hay que buscarla con especial cuidado. Si no fuera el centenario de su nacimiento, ya estaría olvidada. Yolanda Bedregal se ubica en lo académico, una intelectual de la poesía latinoamericana. Su obra circunda el paisaje y la historia de la literatura nacional. Para ella, el habitante de cada región tiene características propias bien marcadas de acuerdo al ambiente telúrico. La gente de alta montaña y de altiplano es igual al paisaje hosco y bravío, reconcentrado y sobrio. El habitante del valle participa de la dulzura del campo pintoresco y ameno. El hombre del monte, de la selva, es relativamente exuberante como la naturaleza con bosques de maderas perfumadas, ríos y cascadas sonoras; pobladas de alimañas, pájaros raros y brillantes mariposas.
Ella estudió que el acento poético coincide con el ambiente, que el área minera, agrícola o lacustre es la voz peculiar de los artistas y la misma del escritor.
Señaló en Bolivia, al igual que en los países latinoamericanos cuatro grandes etapas en su desarrollo cultural: Una era precolombina o indígena donde nace una sociedad con sus leyes, costumbres, sistemas, artes grandes y menores; donde ubica a ese periodo en el más importante ya que es donde arranca la personalidad definida de la nación boliviana, donde, cree ella, recibe su herencia automática y su tradición como fuente de cultura. Una segunda de un periodo que abarca desde la conquista hasta el coloniaje español, en cual se apaga la llama del espíritu creador nativo al destruir las instituciones existentes o incurrir en atropellos inherentes a toda dominación. Una tercera de pleno coloniaje, ya que esta a su vez trajo sangre, religión y lenguas nuevas, donde la identidad propia se mezcla con lo autóctono formando un nuevo tipo de lenguaje: el mestizo, cual conjuga el recrio temple hispano, conquistador e individualista con el espíritu mágico, contemplativo del indio; es esta época donde nace el rico injerto que constituye el hispo-americanismo. Y como última etapa sigue el periodo de la revolución por la independencia, lapso de quince alborotados años de lucha tras los cuales Bolívar y Sucre fundaron una república libre y soberana. Como es lógico, los hechos históricos y su influencia en la sociedad imprimen sus características a la literatura.
Yolanda presenta en uno de sus textos dirigidos a la conservación del patrimonio poético nacional, una exhaustiva valoración de más de doscientos artistas de la poesía. Sin duda su referente académico, es una huella que perdura y perdurará mientras a los bolivianos les interese oír poemas. Su recopilación contiene más poemas que ninguna obra nacional hecha hasta el momento. Sin embargo su obra se encuentra desgastada y con falto de hojas en la principal biblioteca del país. Desde las oraciones al sol de Manco Qhápaj en la época precolombina y la retórica a la muerte de Almágro por Alonso Henríquez de Guzmán, pasando por la chelicha de Daniel Campos en su obra magistral de los expedicionarios mineros en Potosí, con los himnos patrios como el ¡Salve Oh Patria! De José Aguirre Acha; la nacionalidad de Tamayo, la urbanidad de Saenz, el sentimiento de su padre Juan Francisco Bedregal y los albores de nuestra sociedad en Chirveches y Medinacelli; su obra compilatoria se extiende en el largo patio de nuestra tierra, con el cruceño Julio de la Vega y su inmortal Trópico Pobre, el Cochalita del querido Jorge Claros Lafuente quien supo decir “Tu lágrima de estaño tiene sabor de sangre y sabor de salitre y de planta marina”; el tupizeño Enrique Baldivieso que escribía con gracia y soltura y pasó a ser vicepresidente de la república; sin dejar de lado a Jaime Mendoza un chuquisaqueño ilustre que conformó la primera brigada nacional de artistas en letras. En fin, la obra recopilatoria de Yolanda, alcanza con minuciosa sencillez el talento poetizo boliviano.
Yolanda, al regreso de su paso en el exterior, dedicó su vida a la enseñanza, entre ellas la academia Benavides de Sucre, el Conservatorio Nacional de Música, la Universidad Mayor de San Andrés; trabajó en el Consejo Nacional de Cultura y en la Municipalidad de La Paz, de la que fue Oficial Mayor de Cultura. Fue presidenta y fundadora de la Unión Nacional de Poetas, del Comité de Literatura Infantil y de institutos binacionales, miembro de Número de la Academia Boliviana de la Lengua y de la academia Argentina de letras, secretaria del PEN club, miembro honorario del Comité Boliviano por la Paz y la Democracia y representantes de Bolivia en varios congresos internacionales, además designada como embajadora de Bolivia en España. Gesta Barbara la proclama “Yolanda de Bolivia” y la sociedad de Argentina de Escritores “Yolanda de América”.
Fue alguien, sin duda, a la que la marea gris de la mediocridad no embarro. Sus logros son el trabajo de una mujer que supo trabajar para su país. Su indiscutible talento en las letras marcaron una época dorada en nuestra patria, un talento que la llevó a recibir premios y condecoraciones entre otros el Premio Nacional de Novela “Erich Guttentag”, la Gran Orden de la Educación Boliviana, Honor Cívico Pedro Domingo Murillo, Premio Nacional del Ministerio de Cultura, Escudo de Armas de la Ciudad de La Paz por servicios distinguidos, Caballero de la Orden de Letras y Artes de Francia, Medalla a la cultura de la Fundación Manuel Vicente Ballivián, Medalla al Mérito de la prefectura del Departamento de La Paz. El Estado de México le concedió el alto título de Dama de América cuya presea es concedida por el Consejo Nacional de Derecho de la Mujer, organización estatal de valioso renombre del país azteca. Chile le otorgó la Medalla Gabriela Mistral y el Congreso de Bolivia le impuso la Condecoración Parlamentaria Nacional en el grado de Banderas de Oro. Es tan grata su huella que El Estado Boliviano, en homenaje a su vida y su obra, instituyó el Premio Nacional de Poesía “Yolanda Bedregal”. EL municipio paceño en el centenario de su nombre, convoca a la segunda versión de cuento infantil “Historias Chikitas y chuk´utas”, añadiendo al nombre del concurso el de Yolanda Bedregal; cuyos textos ganadores serán beneficiados además de la publicación, un monto monetario.
La poesía en Yolanda, no fue de riesgo es de apuesta, no de error es de suerte. Entre sus contemporáneos, los tipos duros en letras le hicieron frente en el día a día. Ella tuvo el valor suficiente para alejarse de aquellos, que escribían en la oscuridad, tecleando en bodegas oscuras o al ritmo de camiones o gastándose la noche en el bullicio de la muerte o con las llagas ardiendo bajo la propia saliva; individuos nada más alejados de las buenas costumbre o de la sombre taciturna de la intelectualidad.  Yolanda Bedregal no fue una de ellos.
La gran magia de su poesía reside para mí, discúlpeme por entrometerme amable lector, no tanto en la música de sus ideas, como en el murmullo subterráneo, subjetivo, subsexo, subansia que la recorre. Nos produce un sobresalto como el rumor que anuncia un temblor y que pasa sin destruir nada, pero que agita el corazón porque nos deja con nuestra mortalidad anudada en el cuello y nuestra carne temblorosa, amarrada a la vida, a la angustia de sus deseos. Schopenhauer decía: “la música nunca expresa los fenómenos, sólo el ser interior, la esencia de los fenómenos” y la poesía hace lo mismo, no cuando intenta ser música, un campanillo de palabras plateadas, sino cuando sus imágenes surgen en oleadas y nos acosan en la sangre misma. La música poética de Yolanda Bedregal resuena en nosotros cuando sus imágenes se “empavonan” ellas mismas y, antes de que sean vistas del todo, se transmutan en sensación interna. El encuentro dialéctico entre la imagen y lo sentido la esfuma y termina en nosotros en una vibración tensa que gime
Para terminar, sobre Yolanda escribirán muchos, pero pocos la conocen, hoy pocos la conocen. Su obra acádemica no es requerida en las escuelas, sus poemarios son desconocidos y casi inexistentes. Una Yolanda Bedregal para todos es posible, pero una Yolanda Bedregal en los pasos que damos no. La decadencia en nuestra sociedad empieza cuando a los niños se les compra juegos de play en lugar de libros, cuando los padres prefieren ver la novela y el futbol que dedicarse a leerles a sus hijos, cuando la figura política más importante del país admite que no le gusta leer. Y esto Yolanda Bedregal seguro lo sabía, entendió en su adolescencia que la guerra y el desamor eran a causa de una perdida de valores, una perdida de conciencia nacional, un retroceso en los niveles académicos. Ella fue la que hizo la antología de la poesía Boliviana tanto para la Universidad de Buenos Aires como para la enciclopedia Boliviana de los Amigos del Libro. Además de cientos de artículos en revistas y periódicos, también incursinó en la literatura infantil con El Cantaro del Angelito, El Libro de Juanito, e Historia del Arte para  Niños. La última edición de El Cántaro del Angelito fue publicada por Editorial Gente Común (2007), y las otras dos obras salieron como parte de las obras completas de Yolanda Bedregal en mayo del 2009. Es posible que alcanzemos los estandares educativos cuando decidamos leer.

Quitemos a los señores asiento de roble su lugar privilegiado y envidioso de las letras, recuperemos nuestro original posición de inspiración para los poetas, no nacimos para ser observados. Y en Yolanda Bedregal nos encontremos.

miércoles, 20 de julio de 2016

Heridas Cerradas II -octubre-



Marchita el sol de primavera
pululan los trabajadores hacia su casa
sin remedio buscan lo que jamás encuentran
el remedio de tanta agonía
medida en su propia ignorancia

Sin luz astral la noche es
se cabe hasta  diez en el peor lupanar
Alcohol con coca, canelita con suerte
sentado con hediondos y arapientos;
sólo las moscas saben que ya hemos muerto

La vida no es más que una noche lluviosa
Y es mejor que ahora todo ya ha pasado.

Su nombre, importa.
Mi origen no.
Ni mi sexo.
Ni me edad.
Si soy viejo o niño.
Si soy del sur o del norte.
No importa.
de donde vengo,
a donde voy.

No tiene importancia si estoy de pie sobre las estrellas
escribiendo sin detenerme
asfixiándome de manera violenta
estallando con los huesos en recipientes oscuros.
Ella lo sabe, no me importan ustedes,
no bebo ni escribo para todos;
vengo aullando en la ráfaga negra
de todos los vientos por todos los caminos de la tierra.

Estoy borracho y despellejado
iluminándome con tierra de cementerio
a la altura de los disparos de muerte
que no me alcanzan
estoy encerrado en los rascacielos de la droga
escondiendo cuchillos entre los dientes
salvando al mundo de sus monumentos vacíos
y fertilizando sus bosques con sangre.

Escribiendo
Disparando
Soñando y bebiendo
Fumando y babeando
Muriendo y volando
Soñando y escribiendo
Disparando bebiendo
Llorando naciendo


Naciendo en ti

sábado, 28 de mayo de 2016

Heridas Cerradas I



En la mañanita de septiembre
horas antes del mercado y su bulla
me tenderé en la puerta de la municipalidad
ebrio hasta las patas
buscando que no se me caiga la puta cabeza;
sé que no tengo que vomitar

El sol sale y cuarto pero el calor
no llega hasta el medio día
me gustaría levantar el teléfono
y decirte que me estoy desmoronando
que ya no puedo
que temo más que nunca
que esta ciudad en donde vivo exiliado
se caiga conmigo a pedazos
y sólo querría preguntarte
si también en la otra vida seremos infinitamente miserables
o podremos escapar a tiempo antes de cumplir los 20 años

La cruda me desentornilla el coco
un hilo de sangre gotea desde mi oreja;
Una mañana de septiembre
y la borrachera no se me pasa

A eso de las dos
cuando ya pueda pararme
saldré a caminar por mi pueblo
con el viento en mi espalda
bajo ese sol espléndido
que ilumina las calles
(incluso después de nosotros)
 mi perro por su parte
seguirá compartiendo
 el pan y el mismo plato de agua
que una arrugada me dejó

Mis vecinos al verme
me dirán:
 —buenos días, doctor—
confundiéndome con mi padre
o con mi abuelo
y todo por un segundo parecerá estar en su lugar correcto

Puta borrachera; y déjame que te diga
que ahora estoy en una tarde de septiembre tan ebrio como puedo
y que me levantaré mañana no sé en qué siglo
donde podré recordar en silencio
lo felices que éramos
buscando una palabra
en medio de la casa destruida
cuando creíamos como ciegos en nuestro pacto
para asesinar a la miseria
cuando entendimos
que la única respuesta correcta

consistía en olvidar la pregunta

sábado, 23 de abril de 2016

Cerradas


Todo se comenzará a quedar en silencio
Apagarse con la seguridad de un “para siempre”,
A fundirse con la nada,
a moverse sólo gracias al viento de la muerte que andará como gato rabioso
recorriendo los barrios,
con la felicidad que antes podíamos ver sólo en algunos cangrejos,
así se irá meciendo como esa arena invisible
que duerme tranquila en los parajes olvidados de la casa
y al final parecerá que ninguno de nosotros estuvo aquí

Tú y yo no somos de esa gente buena que aparece en los poemas,
ya que estamos hechos de la misma materia que incrementa los incendios
de la misma sustancia que le escurre por la nariz a los conejos muertos a palos
tengo la seguridad de que tenemos el mismo tipo de sangre podrida
—somos la cal que asesina todo—
el viento envenenado que se pega a la piel de las manzanas
esto apenas comienza y te aclaro que no es un poema sino un borbotón de pus en medio de las piernas
levántame el rostro por un segundo
por favor
que quiero fumar
antes de que también esto se venga abajo

La carne
la célula ajena
yo en un carnaval de llanto
por un vaso de leche que me manche los labios
el Jack Daniels
el tinto sobre las toallas
la tina vacía
los calendarios digitales
los tranquilizantes azules
la comida americana
los sobresitos de té
el alimento de los peces
la cerveza en vasos de colores
y la perra que te muerde la mano con todas sus fuerzas
¿no era eso lo que querías?
¿no era acaso el agua revuelta lo que buscabas?
la sangre revuelta
el dolor en la espalda
la sonrisa destrozada
los ojos rojos
los analgésicos perdidos
¿la tarde tan inflamada como una ...?
para este momento ya nadie entiende lo que está pasando
—y hay que empezar de nuevo a escribir este puto poema—
DESDE OTRA CIUDAD

    CON LAS HERIDAS aparentemente cerradas

    DESDE OTRA CIUDAD
 
DIRÉ que nada ha pasado


martes, 22 de marzo de 2016

Hasta me olvido

Ya te la llevaste a la cama, ya se termino todo el interés, ya te da igual buscarla o que ella te busque, ya no te importa si te llama o te escribe. No eres insistente, ya no le preguntas: ¿cuándo te voy a ver? . Lograste lo que querías, una noche con un cuerpo nuevo, una más en la lista, un "CULO NUEVO" del cual puedes decir: Yo sé lo metí. Donde quedaron todas esas terapias de: "Que hermosa sales en esa foto" "Estas bien bonita" "Si yo pudiera estar con una mujer como tú" "Todos no son iguales, es que aún tú no estás con uno como yo" "Yo no haré eso", que más da ya no vale nada esa mujer. Te es aburrido, el que ahora ella esté atrás de ti, porque confío en ti y en todo lo que le dijiste pero no fuiste tan hombre como para cumplir una de las cosas que ibas creando en tu mente, solo para que ella fuera tuya. Ya no la celas, mientras menos te escriba mejor, quieres salir pero ya no es con ella. Pero siéntate y piensa, si estuvieras en su lugar y supieras que el hombre solo quiere comerte y dejarte, y quieres creer que no todos son iguales y le das la oportunidad a uno, pensando que será diferente, entregando todo, dejando tu cuerpo y alma al desnudo, dejando todos tus miedos, sueños, deseos y secretos abiertos. ¿Cómo te sentirías si luego de abrirte tanto con una persona, esa persona se va como si no fueras nada? ¿Qué harías si tuvieras una hija y te contara que la usaron? ¿Piensas que es correcto seguir disfrutando de noches locas? ¿Piensas que es correcto seguir comiendo en todos lados, llenando cabezas de mentiras, sueños y promesas que muy bien sabes que no cumplirás? ¿Es correcto usar a una persona que no te está haciendo daño y que tú eres quien llega a su vida como lobo disfrazado de oveja? Mejor piénsalo dos veces antes de seguir con el juego de prometer, ilusionar, enamorar, comerte y irte.

viernes, 13 de noviembre de 2015

Eres un alcohólico y además te encanta. En tu vida sólo hay espacio para un amor, Danny. Yo no significo nada para ti; sólo soy una chica boba que queda bien colgada de tu brazo, declaró, mordiéndose ansiosamente el labio inferior. No te importo yo, ni mi carrera, ni mis necesidades. A mí no me gusta beber, Danny. No me dice nada. Ni siquiera creo que te siga gustando tirar conmigo, porque lo único que te apetece es beber. Eres un alcohólico.
















domingo, 9 de agosto de 2015

KenKo


Estoy aun vagamente hechizado por el último poro fumado antes de partir. El encuentro ha sido en la casa de Eliot. Ahí está el pobre, viviendo en un mundo de basuras y lujos con la mensualidad que su padre le manda desde trinidad, antes vivía de lujos, ahora apenas le alcanza para la comida, desde que falleció su hermano se ha dedicado a los vicios pesados. Al llegar a su casa y escuchar música de los setenta me hizo sentirme como el rey Faruk. 

Tuve la tentación de no entrar e irme a una biblioteca pero recordé que sencillamente las bibliotecas no abren en sábado y menos en un día como la entrada universitaria. Decir simplemente: me voy, no hago caso de lo que quiero, desde ahora viviré en un libro. Pero al instante me abre la puerta y es como entrar a un inmenso descapotable rojo para emprender un viaje a toda velocidad, de isla en isla sazonado en drogas, hasta acabar en Achocalla para empezar otro viaje o como le llamamos “cambiar de embarcación”.

No tenía ningún sentido empezar la aventura sin antes tomarse el trago que había sobrado un par de días antes. No esperamos a Robert y nos lo tomamos todo de un kaj, a la mitad de la botella saco la última pastilla de flunitrazepan que me quedaba, lo tomamos por la mitad y preparamos poros para el camino. No me apetecia para nada llegar hasta kañuma sin deslumbrar los efectos de una mente embobada y agresiva. Podía incluso hacer una pequeña carrera en la calle por la zona sur: subir hasta aquel semáforo grande que hay frente a las cholas y ponerme a gritar al tráfico:

—   ¡Está bien, malditos mierdas! ¡Maricones! ¡Cuando esa luz se ponga verde, voy a salir zumbando con este chisme y los barreré a todos de la carretera!

Eso mismo. Desafiar a los cabrones en su propio terreno. Llegar alterado al cruce, saltando, derrapando, con una botella de ron en la mano y apretando los dientes a fondo para ahogar la música de los audífonos… vidriosos ojos demencialmente dilatados tras unas gafitas oscuras de montura dorada de greaser, aullando incoherencias… un borracho verdaderamente peligroso, apestando a éter y a psicosis irremediable. Revolucionando una ya desquiciada sociedad hasta un terrible, parloteante y agudo aullido, esperando que cambie el semáforo.

¿Cuántas veces se presenta una oportunidad así? Fregar a los cabrones hasta el fondo del bazo. Los elefantes viejos van tambaleándose hasta las colinas a morir; los paceños viejos salen a las calles y se lanzan en busca de la muerte en coches inmensos.

Pero el destino de nuestro viaje es distinto, tenemos que llegar a la parte baja de Achocalla entrando por mallasilla. Llegar hasta kañuma, entrar al desierto hasta el bosque de San Pedro, gigantes moles verdes que ofrecen fantásticas posiblidades de vida: pero sólo para los que son valientes de veras. Y a nosotros nos sobraba valor.

Mi amigo comprendía todas estas ideas, pese a su creencia de su superioridad racial, pero nuestro camino no era fácil de conectar. Él decía que entendía, pero, por su mirada, me daba cuenta de que no. Me mentía.

Antes de llegar a nuestro desvío del desierto me vi lanzado de un golpe hacía un árbol. Mi amigo se mostraba claramente alterado.

— ¿Qué pasa? —grité—. No podemos parar aquí. ¡Es zona de vampiros!
—Es el corazón —gruñó él—. ¿Dónde está la medicina?

—Ah —dije yo—, la medicina, sí. Aquí.

Hurgué en la bolsa-maletín buscando los amyls. Eliot parecía petrificado.

Saqué cuatro amyls de la cajita metálica y le pasé dos a mi amigo. Hizo estallar uno inmediatamente debajo de la nariz y yo hice otro tanto.

Inspiró profundamente y se derrumbó en el asiento, mirando fijamente al sol.

—Sube esa maldita música —aulló—. ¡Tengo el corazón como un cocodrilo! — ¡Volumen! ¡Claridad! ¡Contrabajo! ¡Tiene que haber un contrabajo! —Agitó los brazos desnudos hacia el cielo—. ¿Pero qué demonios nos pasa? ¡Parecemos ancianitas!

Puse mi celular atronando al máximo.

—Oye, pedazo de cabrón —dije—. ¡Vigila esa lengua! ¡Hablas con un doctor en leyes!

Él se echó a reír descontroladamente, justamente cuando una señora de pollera pasaba por nuestro lado.

— ¿Qué mierda hacemos nosotros aquí en este desierto? gritó—: ¡Que alguien llame a la policía! ¡Necesitamos ayuda de inmediato!

No hay que hacer caso a este cerdo —le dije a la señora que en ese momento se había detenido para mirarnos con atención y cautela— La medicina le desquicia. En realidad, los dos somos doctores en leyes, y vamos a achocalla a hacer uno de los trabajos más importante de nuestra generación.

Luego me eché a reír, a reír, a reír…

Mi amigo se volvió para mirar a la señora.

La verdad es —dijo— que vamos a kañuma a pensar torturas para Robert porque el Muy no ha venido, nos la ha jugado. Le conozco hace años, pero nos la ha jugado… y supongo que usted sabe lo que eso significa.

Quise cerrarle la boca, pero ninguno de los dos podía controlar la risa. ¿Qué putas hacíamos nosotros allí, en aquel desierto, estando como estábamos los dos enfermos del corazón?

¡Robert ha hecho efectivo su cheque! —dijo mi abogado burlonamente a la señora que ya dejó de mirarnos y caminaba rápido quizá temiendo que nos pongamos más agresivos.

—Le arrancaremos los pulmones.

— ¡Y nos los comeremos! —solté yo—. ¡Ese cabrón va a pagarlas!
¿Adónde iría a parar este país si un mamón como ése pudiese engañar impunemente a un doctor en leyes?

—Buena vida —dijo mi amigo—. Qué señora más rara. Me ponía nervioso. ¿Viste que ojos tenía?

Aún seguía escapándosele la risa.

—Dios mío —añadió—. ¡Esta sí que es una buena medicina!

Yo me apuré en caminar para que me siguiese, ya teníamos que desviarnos de la carretera hacia el desierto en busca del bosque de San Pedro.

—Vamos —dije—. Ahora me sigues. Tenemos que salir de la carretera antes de que esa señora avise a un poli.

—Mierda. Tardará horas —dijo mi amigo—. No hay nada desde que salimos caminado de mallasilla.

—Es absolutamente imperativo —dije— que lleguemos al bosque antes de que anochezca de otra manera no podremos salir de aquí jamás. El asintió y dijo:

—Pero olvidémonos del cuento ese de respetar al Kenko. Lo importante es el Gran Sueño de la Mente —añadió hurgando en el maletín—. Creo que es hora de tomar un poco más fuerte. Hace ya mucho que se pasaron los efectos de esa flunitrazepan barata y no sé si podré soportar otra vez el olor de ese jodido éter.

—A mí me gusta —dije—. Deberíamos empapar una toalla con él y ponerla en nuestro cinturón, para que nos vayan subiendo los vapores a la cara durante todo el camino hasta el bosque.

Él estaba intentando subir más volumen a mi celular. En ese momento aullaba «Poder para el pueblo… ¡ahora!» Canción política de John Lennon, con treinta años de retraso.

—Esa pobre imbécil debería haber caminado y no quedarse a vernos como boba —dijo mi amigo—. Las mierdas como ella no hacen más que estorbar en el camino cuando intentan ser serias.

—Hablando de cosas serias —dije yo intentando desviar su xenofobia—. Creo que ya es hora de pasar al éter y a la cocaína.

—Olvida el éter —dijo él—. Dejémoslo para empapar nuestra chompa cuando estemos preparando el yote. Mi amigo andaba hurgando en el salero de la cocaína, abriéndolo. Derramándolo. Luego se puso a aullar y a manotear en el aire, mientras nuestro delicado polvo blanco se desparramaba por el desierto. Un material muy caro el que iba desprendiendo.

— ¡Ay Dios mío! —gimió—. ¿Viste lo que acaba de hacernos Dios?

— ¡Eso no lo hizo Dios! —grité—. Lo hiciste tú. ¡Eres un agente de narcóticos cabrón! ¡Desde el principio me di cuenta de que estabas fingiendo, cerdo

—Mucho ojo —dijo él.

Y vi de pronto que me apuntaba con un cuchillo

—Por aquí hay muchos buitres —dijo—. Dejarán tus huesos limpios antes de que amanezca.

   —Maricón de mierda —dije yo—. Cuando lleguemos al bosque te hago picadillo. ¿Qué crees que harán los comunarios cuando yo aparezca apuñalado?

—Me mataran —dijo él—. Robert les dirá quién soy. Soy tu abogado, demonios.

Luego, estalló en una risa salvaje.

—Estás cargado de drogas, imbécil —dije—. Será todo un milagro que consigamos llegar al bosque antes de que te conviertas en un animal salvaje. ¿Estás preparado para eso? ¿Estás preparado para comer del caktus y luego caminar kilómetros hasta llegar a El Alto con la cabeza llena de mezcalina?

Se rio de nuevo, luego acercó la nariz al salero, hundiendo en el polvo restante el delgado canutillo ocre hecho con un billete de veinte bolivianos.

— ¿Cuánto nos falta? —preguntó

—Pues unos treinta minutos —contesté —. Como amigo tuyo, te aconsejo que camines más rápido.

El bosque ya quedaba en el cerro del frente. Podía ver el alto del horizonte, unas paredes de alguna casa desecha que hacía dar la impresión de un lúgubre cementerio en grises rectágunlos en la lejanía, alzándose sobre los cactos

Treinta minutos. Faltaba ya muy poco, a pesar de que la luz intentaba ya ocultarse. El objetivo era preparar el cactus e intentar salir de nuevo a la carretera antes de perder por completo el control, luego caminaríamos horas a lado de la carretera y de noche subiendo hasta llegar a las lagunas de Achocalla y continuar hasta llegar a El Alto.

Menudo viaje que teníamos encima. Para el colmo Eliot quería comer algo en Achocalla. Aquello implicaba pasar por tiendas, hablar con alguien de algún restaurant, pedir una orden, pagar la cuenta, todo eso en un estado nada aconsejable y ante las narices de la gente en sus propias narices pero, por supuesto, habría que hacerlo. 

                   «SI MATAS EL CUERPO MORIRÁ LA CABEZA»

 La cita aparece en las notas de mi celular, no sé por qué motivo. Quizá se relacione con mi débil estado físico y es que ¿sigo vivo? ¿Puedo hablar aún?

Bueno. Para cuando ya llegamos a Achocalla ya era casi las nueve de la noche, resultó que mi amigo no era capaz de enfocar como es debido el procedimiento de pedir unos pollos en un restaurant. Nos vimos obligados a hacer el ridículo y esperar que nos atiendan con suma paciencia… lo que resultaba sumamente difícil dadas las circunstancias. Yo no hacía más que repetirme: «Tranquilo, calma, no digas nada. Habla sólo cuando te pregunten: dos presas, refrescos, nada más, procura ignorar esta droga terrible, fingir que no está pasando…»

No hay manera de explicar el terror que sentí cuando se me acercó el hijo de la dueña (ya que seguramente nos vio peligrosos) y empecé a balbucear. Todo lo que había preparado se desmoronó bajo la mirada pétrea de aquel joven.

—Hola, qué hay —dije—, me llamo… Bueno, no importa sí, ¿aún hay pollos verdad?, seguro. Comida rica, sabiduría total, cobertura absoluta… ¿por qué no? Traigo conmigo a mi amigo, y lo sé, claro, que no parece encontrarse muy bien, pero tenemos que comer algo en este lugar, sí. Bueno, este amigo en realidad es mi colega. Venimos a pasear desde La Paz y ya es hora de irnos pero antes queremos comer algo del lugar, ¿no? Sí. No tiene más que traernos dos pollos y verá. No hay ningún problema. ¿Qué pasa? ¿No me oye?

El joven ni siquiera pestañeó.

Sentía las piernas como de goma. Me agarré a la mesa y me derrumbé hacia ella cuando se dio media vuelta y fue a dictar la orden, pero me negué a aceptarlo. La cara de aquel joven empezaba a cambiar: se hinchaba palpitaba… ¡horribles mandíbulas verdes y colmillos saltones, la cara de un lagarto! ¡Veneno mortífero! Me lancé hacia atrás contra mi amigo, que me agarró de un brazo mientras el joven volvía a mirarnos por mi acto de escándalo.

—Ya arreglo yo esto —dijo al joven lagarto—. Este hombre está mal del corazón, pero yo tengo medicina suficiente. Soy el doctor Eliot. Preparen inmediatamente nuestros pollos y tráigannos el refresco más frio.

El joven se encogió de hombros y continuó ayudando a prepararnos la comida. Mi amigo mientras tanto me susurraba que en un pueblo tan lleno de locos auténticos, nadie percibe a un loco de peyote.

Horas después de haber caminado incansablemente movido por unas fuerzas misteriosas y pasada la media noche llegamos a la ciudad de El Alto. Felices porque una vez más habíamos conquistado el reto de Achocalla, el reto del kenko. 

Ahora sería una travesía volver a la ciudad.

Entramos por fin en un minibús hacia la Ceja y mi amigo telefoneó inmediatamente a sus amigos que a esa hora ya estaban más que ebrios. Les pidió que le esperasen en su casa con pomelos frescos y dos botellas de ron —Vitamina C —explicó—. Necesitaré toda la posible.

Le dí la razón. Para entonces el cansancio se hacía sentir y empezaba ya a cortar el efecto alucinógeno y mis alucinaciones descendieron a un nivel tolerable. La vocera del minibus tenía un vago aire de reptil pero por lo menos ya no veía inmensos pterodáctilos rondando pesadamente por el camino principal entre charcos de sangre fresca.

El único problema era el gigantesco cartel de neón que había junto a la ventana y que bloqueaba nuestra visión de las montañas… millones de bolas coloradas corriendo alrededor de una pista muy complicada, extraños símbolos y filigranas lanzando un ruidoso tarareo…

—Mira fuera —dije.

—¿Por qué?

—Hay una gran… una gran máquina en el cielo… una especie de serpiente eléctrica… que viene directamente hacia nosotros.

—Dispárale —dijo mi amigo.

—Todavía no —dije—. Quiero estudiar sus costumbres.

Él se acercó y me habló con voz baja.

—Oye mira —dijo—, tienes que acabar con ese cuento de las culebras y las sanguijuelas y los lagartos y toda esa mierda. Me repugnan ya.

—No te preocupes hombre —dije.

— ¿Preocuparme? Dios mío, abajo en el restaurante estuve a punto de volverme loco. No nos dejarán volver nunca a ese sitio… Después del show que montaste antes de pagar la cuenta

— ¿Qué show?

—Cabrón de mierda —dijo—. ¡Te dejé solo tres minutos! ¡Hiciste cagarse de miedo a aquellos tipos! Agitando tu condenada billetera por allí y gritando cosas sobre los reptiles. Tuviste suerte de que volviese a tiempo. Iban a llamar a la policía. Dije que estabas borracho y que te subiría yo a un taxi para volver. Demonios, si nos cobraron menos sólo para que nos largáramos de allí.

Giré mi cabeza por el minibus, nervioso.

Después de la Ceja de El Alto tomamos otro hacia la perez, ya me sentía mas relajado, Eliot me invitó a beber en su casa pero rechacé la oferta, ya sentía un cansancio físico indescriptible ¿cuánto habíamos caminado sin darnos cuenta? ¿veinte, treinta kilometros?
El asunto del cansancio me despejó del todo ya no quería tomar nada.

—Hemos de vernos en la semana y a ese puto Robert hay que castigarlo— dije

Llegué a mi casa y no pude dormir por lo menos hasta las seis de la mañana.