Mostrando entradas con la etiqueta blog. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta blog. Mostrar todas las entradas

sábado, 8 de marzo de 2025

Intento



Debo escribir sobre la poesía de mi vida. En otro tiempo, quizás habría preferido la penumbra de mi vida, aunque más por un deseo de llamar la atención, o por imaginar que sentía lo que en realidad no sentía.


He mirado mis propios sentimientos en retrospectiva y siempre los encuentro pobres, pequeños. He amado, o al menos he creído amar, pero cuando lo observo desde la distancia, todo parece un eco fugaz de lo que podría ser el gran amor.


Solo me atrevo a llamar amor a aquello que no comprendo. Y como no comprendo tanto, prefiero seguir sin entender. Es entonces cuando todo me parece conocido, salvo el amor, que no se parece en nada a lo que creo haber sentido.


He asumido la misión de revisar mi antiguo blog, aquel que escribía y publicaba en 2012, cuando, en un arranque de absurdo entusiasmo, llegué a creerme escritor. La gran pasión jamás descubierta, el sueño latente del lector obsesivo. ¿No es, después de todo, el lector quien anhela vivir la aventura tanto como aquel que la escribió?


Pero lo que escribía apenas lo había vivido. Me limitaba a construir historias con palabras, a fabricar sentimientos que nunca me atreví a experimentar. Intentaba contar una historia que no tenía el valor de protagonizar, una que solo podía entrever desde mi refugio. Porque vivir implica riesgos, cicatrices, heridas reales. Es más fácil la distancia segura de la página en blanco, donde el dolor es solo una metáfora y el amor no puede destruirte.

Aquel que escribe.


Ahora sentir parece más difícil. Es más sencillo decir que se siente que descifrar qué es, en verdad, lo que se siente.


Han transcurrido trece años desde que comencé mi blog de escritura, una vía de escape de la cotidianidad que, sin darme cuenta, me iba consumiendo. Sentía que debía soltar algo, que si no encontraba una forma de vaciarme, terminaría desmenuzando el teclado de mi viejo iPod, golpeando letra por letra con la desesperación de quien teme ahogarse en sus propios pensamientos.


Escribir no era solo un acto de creatividad, sino de supervivencia. Cada palabra que plasmaba era un intento de dar forma a lo que me habitaba, a esos torbellinos que, de permanecer en mi mente, habrían terminado devorándome. Pero, ¿qué buscaba realmente? ¿Era la necesidad de expresar o la necesidad de ser escuchado? ¿Escribía para entenderme o para que alguien, en algún rincón desconocido, encontrara en mis palabras un reflejo de sí mismo?


Han pasado trece años, y me pregunto si aquellos torbellinos se han disipado o si solo aprendí a convivir con ellos. Tal vez la escritura no fue la puerta de escape que imaginé, sino el lugar donde decidí quedarme atrapado.


miércoles, 23 de mayo de 2012

Ultimo Día

Me senté un día más en el estudio de mi departamento con los ventanales cerrados, el sol otoñal bajando en el horizonte. Sus rayos teñidos de oro, hacían único acto de presencia, por espacio breve de tiempo. Pero nada como sentarse para leer aquel libro decorado con esa  luminosidad difusa que confunde colores y rasgos. Así podía imaginar mejor, a mi antojo. Ver con esa claridad diáfana me dejaba jugar por ultima vez con ese derroche imaginativo, como cuando las luces y las sombras se entremezclaban. Era mi distracción favorita, y el único amigo que confiaba todo en mi; nada más me importaba, disfrutaba enormemente de ello.

Me doy cuenta que va siendo hora ideal para comer, intento levantarme, no lo logro, escucho el bullicio de la gente llenando los bares ansiosos por desconectar de la jornada laboral, charlan con los compañeros de trabajo criticando abiertamente a los jefe, sus risas desbocadas estremecen mi cuerpo, parecen salir de lo más profundo de sus seres, lo disfrutan; a pesar de no haber bares cercas, y si los hubiera no los oiría en el sexto piso, observo detenidamente aquellos ojos o cualquier otros, tampoco se auto imponían la moderación en el lenguaje, nada de cuchicheos, o muy pocos, la mayoría de esas personas hablaban tan alto, que cualquiera podía escuchar sus conversaciones sin recato alguno.

Un dolor agudo atraviesa mi espalda, hasta ese momento siento que no puedo moverme, en sí, no siento nada , mas que la brisa marina inexistente en mi departamento, una vaga tensión me acompaña, esta se hace mayor con el transcurso de las horas, donde la soledad cae sobre mí como una losa. La enfermedad me imposibilitaba trabajar, así que nada mejor que llenarme de imágenes e imaginar, dejar grabado en mi retina cualquier curiosidad que un libro me podía otorgar y que mi mente pudiese fantasear.
Nada me satisfacía más. Nada más tenía.

Entonces es mí hora, lo se porque se me nubla la vista , con esfuerzo levanto la cabeza y veo una mano asomarse por la ventana, una bella mujer sumergida en sombras oscuras que a la vez hacen de ropa, flota hacia mí en total parsimonia, a pesar de que no logro alcanzar la vista a sus ojos, se que me mira como una antigua amante.

Recordé en ese breve instante, mi monótona existencia, cuando solía  volver a casa aparentemente cansado, pero al llegar al piso y cerrar la puerta tras de mí, comprendía que estaba solo, me volvía anciano, y guardaba demasiados remordimientos.

 Su presencia me alejaba de la luz,  su oscuridad se cierne sobre mí, aquella dama de figura imponente, me envolvía en un abrazo eterno.

sábado, 10 de marzo de 2012

Sobre mi palabra ganada.


Me emociona ver que un niño de doce meses empieza a balbucear y a jugar con las palabras. Me emociona observar cómo aprende los planes sintácticos y semánticos del mundo, y cómo su madre le tranquiliza hablándole, "como si supiera desde siempre el secreto de todos los ruidos". Me sorprende que leer " Debajo de la hoja de la verbena / tengo a mi amante malo / Jesús qué pena", una combinación verbal disparatada, me contagie una lejana, inocente y enigmática alegría. Me admira la noble austeridad verbal de la poesia de Rilke:
El caminante tampoco trae, de la ladera de la sierra al valle, un puñado de tierra, indecible para todos, sino una palabra ganada, pura: geneciana amarilla y azul. Quizá estamos aquí para decir: casa, puente, cisterna, puerta, vaso, árbol frutal, ventana, a lo sumo: columna torre.
"Una palabra ganada", qué bella expresión y qué necesaria cuando todos gastamos tantas y desgatamos tantas.

Discúlpenme la pomposidad, cuando lo que quiero decir es una sincera simpleza. Vivo dando vueltas sobre los mismos temas, sobre las mismas cosas. No para decir lo mismo, felizmente. Es para decir más jaranas, deconstruyendo otra vez lo enunciado y volviendo a arreglarlo para decirlo "again".

Escribir es mi acto de liberación en el que lanzo las tabas al aire, en momentos de crisis, en lugares aburridos, en noches de insomnio  llegando a casa, luego de un día agotador. Cada idea vuelta a mostrar es como estar agitando el brazo en alto, dedito acusador de tonto abandonado. Otras veces ha sido como vomitar hasta sacar el alma en pleno ejercicio, un acto de rabia descontrolada en el que las palabras afiladas han sacado a los corazones de sus pechos, para lanzarlos por la borda que es esta vida loca, locaza.

 Puedo escribir para matar algo que está afuera o adentro; para decir “basta” o para impedir que muera (pero siguió muriendo); con toda o sin ninguna vacilación, venida a menos. Díganme, entonces, si tener la posibilidad de esta droga de bajo costo y tan alta permanencia, no es perfecta para seguir viviendo. Imagino que ese ha de ser el súper secreto de los escritores, están absolutamente intoxicados, pegados al teclado o la pluma o lo que sea, con lo que apeteciera enumerar lo que la mente fantasea
.
Perdónenme el enredo, pero es pertinente mostrar que, en este mundo, en el que habita mi mente, hay una Legión, un pasadizo, una nación , un Gordo y un Lobo . Casi nunca interactúan y siempre volverán a ser parte de este cuento, sea para crucificar o para poder decir que yo ahí, camino, corro, me congelo, ahí vivo.

Tal vez mi fascinación, o mi capricho, o mi simple curiosidad de querer entender lo intrinseco, de poder pasar de una cronica a poder pasar a las insospechadas posibilidades de expresión y no limitarme a la desapacionada relacion de los hechos. O no es acaso que cuando uno escribe el espiritu despierta, el alma asume formas palpables, y de ocultas profundidades, de espacios de hielo y de fuego, emerge la fuerza destructora y con esta amenza, la carne y el hueso se complacen; ¿ pero complacerse de qué? ¿y quién se complace de escribir en un blog? Un blog destinado a quedarse por siempre jamas en las redes, vunerable a que pocos o nadie lo lea. De todos modos seguiría siendo una forma de escribir, con los beneficios o sin ellos que de ello depara. ¿ Y que tal escribir para mi mismo? Escribir es escribir y con esto me complazco yo.